Cuando alguien proclama que está por encima de cualquier ideología, corre (tú, no él). O se esconde o es un ignorante o un falsificador.

Los últimos presidentes de Gobierno y sus ministros de Economía y todos sus acólitos y muchísimos papanatas han justificado las medidas contra la crisis como inevitables e indiscutibles, salvo para quienes anteponen la ideología a sus propuestas. Justamente los últimos presidentes de Gobierno y ministros de Economía adoptaron decisiones sólo explicables desde una determinada ideología. ¿La que gobierna el mundo? ¿La que imponen los mercados? ¿La madre que la parió? Ésa es otra cuestión que agrava la anterior.

Cuando el nuevo ministro de Justicia, hombre supuestamente preclaro, tolerante y populista, anuncia cambios, sin ataduras ideológicas, en el modo de elección del gobierno de los jueces y de las principales instancias de la judicatura, o en leyes tan significativas como el aborto  o atajos rápidos, vía notario, para divorcios o bodorrios exprés, algo esconde: su ideología profunda.

Cuando la ministra de Sanidad anuncia informes y análisis sesudos relacionados con el uso de la píldora del día después, no plantea una investigación científica sino un escondite para una decisión ideológica.

Cuando el ministro de Educación asegura que las reformas educativas que anuncia tienen el valor de no estar basadas en una ideología, sino en la eficacia, oculta, en el mejor de los casos, que esa supuesta eficacia es su ideología en materia de Cultura, Educación y Deportes. Cuando plantea modificar la duración de la ESO, dejando la enseñanza obligatoria con un curso suelto, cabe temer que oculta intereses, propios o ajenos. Y cuando da carpetazo a la asignatura de Educación para la Ciudadanía no sólo esconde sino que además miente. Por pura ideología.

¿Por qué les da vergüenza confesar que la tienen? ¿Por qué les da vergüenza defender lo que piensan? Ojalá fuera eso. ¿O lo hacen solo por eficacia: para conseguir lo que les interesa?

Cabe otra opción, la del ministro de Agricultura, que anuncia sus medidas en medio ambiente sólo a medias, pero casi todos entienden que basta con el recorte de esta mitad para quedarnos, definitivamente, sin ambiente. Lo que ocurre es que Cañete no se corta. Tiene protección divina: o sea, otra trama ideológica.

 

 

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