De pronto, la voracidad y la indecencia de los mercados ha desaparecido de muchos comentarios y de algunos comentaristas. De pronto la impericia o la estupidez del gobierno (el anterior) ha pasado de ser un factor del caos a convertirse en la causa única del padre de todos los caos. No, no se entiende esta transmutación, porque, no, no explica la realidad de la situación en la quevivimos, porque ni siquiera ayuda a comprender el perfecto desbarajuste del gobierno (el actual) que, siquiera desde un punto de vista intelectual, está estafando a todos los españoles.

Los mercados no son ahora el fiel equitativo de la balanza después de haber sido el gran manipulador del desaguisado. Porque los mercados siguen proporcionando cuantiosos réditos a unos pocos a cambio del malestar (lo contrario al bienestar) de millones de ciudadanos. Porque practican, como antes practicaban, la usura, algo que en un tiempo estuvo tan mal visto, que era pecado y, a veces, delito. Porque…

 

Sin embargo, basta escuchar a algunos medios, otrora críticos con el gobierno (el anterior) y, sobre todo, con el sistema, para entender que las responsabilidades han cambiado. Y siendo verdad que el gobierno (el actual) se lo tiene bien merecido por haber tratado a los ciudadanos –antes, en y después de las elecciones– como a imbéciles, pero no es el único responsable del caos en que vivimos. Hay muchos más responsables y, sobre todo, quizás convenga comprender la complejidad del problema para aceptar que, mientras no sea posible una transformación radical del modelo de sociedad en el que vivimos para vivir mejor (no peor), a quienes razonablemente se enojan (nos enojamos) no les va a quedar (nos va a quedar) más remedio que apretarse/nos el cinturón… ¡y los machos! Las dos cosas: contención y rabia.

Para salvar los muebles, en la medida de lo posible, y para detener los temblores de cada día. Pero también para prevenir nuevos sismos.

 

PD. Mantener el equilibrio cuando todo se mueve resulta harto difícil. Sobre todo, si uno de los dinamiteros, en medio del estruendo, se transmuta en un poseso gritando… ¡goooooooool! (Esa será forever la imagen imperecedera del máximo dirigente del país en mitad del tsunami).

 

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