MIedo al Gordo

Contra la lotería, proclama Sergio del Molino. Y estoy de acuerdo. O casi, porque este año, lo reconozco, jugaba diez euros (en realidad ocho); fui incapaz de rechazar la sugerencia para evitar que se pusiera en duda mi amor al baloncesto y a mi nieta mayor. Pero ni un euro más. Lo juro. No he encontrado otro motivo capaz de justificar mi evidente contradicción. Ojalá este reconocimiento avale el perdón.

Mi oposición a la lotería asume la argumentación del novelista que vació España o, al menos, buena parte de ella. La mía, en concreto, aduce una razón fundamental, eminentemente defensiva, la protección de mi propia imagen. Tengo miedo a que, de tocarme el Gordo, se me ponga cara de gilipollas y, botella en mano y burbujas al viento, acabe en el telediario, que es lo normal en el caso de los agraciados con el Gordo y con la cara de gilipollas… para los restos.

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