El reportero de un canal televisivo anuncia la próxima comparecencia del obispo de la diócesis de Merlo-Moreno y presidente de Cáritas en Argentina. Lo hace, dice el periodista, por propia voluntad, apenas un par de días después de que un periódico local publicara unas fotos en las que monseñor aparecía, en una playa caribeña, de hoteles y restaurantes caros, en actitud más que amigable junto a una dama, sin duda alguna digna del afecto del presbítero.

El reportero pone a los espectadores en situación, les explica que el obispo ya ha emitido un comunicado en el que asegura que la señora era una amiga de la infancia, a la que la unen estrechas relaciones familiares y con la que había coincidido en una playa mexicana y caribeña como por casualidad, cuando él asistía a un encuentro pastoral.

El reportero continúa su alocución a la espera de que comparezca el obispo,  repite hechos y circunstancias ya descritas, monseñor no sale, se plantea despedir la conexión hasta que llegue el momento y, en ese preciso instante, la puerta de la residencia se abre y comparece su eminencia.

Atildado, elegante, litúrgico, gris marengo, humilde y digno, con crucifijo discreto sobre el pecho, saluda y atiende al periodista repitiendo con sobriedad y firmeza los argumentos del comunicado, hasta asumir su error por haber dado pie a suspicacias e incorrectas interpretaciones y pedir disculpas a la feligresía, tal vez molesta o desconcertada por su imprudencia.

Arrobado por la mística del presbítero, consciente del mal trago que apuraba y convencido, se supone, de su sinceridad, el reportero abandona cualquier neutralidad para afirmar que, en realidad, nada reprochable podía imputarse a monseñor. Mas él, astuto, corrige al profesional y reitera su error porque había dado pie a unas suspicacias que pudo evitar.

El reportero, corregido, se anima prudentemente a proseguir: “¿Una pregunta más, monseñor?, ¿La puedo hacer?” El obispo, camino ya de la puerta de su residencia, se gira, duda, parece decir que sí, pero expresa que lo hecho era lo pactado, vuelve a dudar, acude hacia el reportero que pide algo más sobre su amiga y su encuentro. Parece que el obispo se anima a repetirse, pero recula y explica que es mejor atenerse a lo convenido, al compromiso, a la pregunta única que, en realidad, no era una pregunta sino un diga lo que le plazca…

Malo, malo. Tanta elegancia, tantos modales, tanta humildad en un rostro aristocrático solo podían esconder una impostura. A las pocas horas, la prensa abundaba en los flirteos del obispo, ratificando que su familiaridad con la empresaria argentina incluía desahogos y refrigerios. Entonces monseñor se lo contó a sus sacerdotes y a la nunciatura, no se sabe si en dirección a un retiro espiritual o a una compañía espirituosa. Poco importa. La falsedad le afeaba y le condenaba. Su amiga merecía más respeto. Y los feligreses, o ciudadanos, ni qué decir.

Sin embargo, acostumbrados a ejemplos similares de personajes de toda condición, desde los más horteras hasta los más conspicuos representantes de las realezas que en el mundo restan, el camelo del monseñor resultaba diplomático, bien resuelto por el actor, meritorio, aunque más falso que Judas. La volatilidad de Rajoy, sus incomparecencias, las escapadas de Dívar, sus fines de semana con protección de escolta y escoltas, los silencios de ambos, su desprecio a la ciudadanía, los desbarajustes de esa jaula de grillos que es el gobierno español en ejercicio ponen de manifiesto que mienten igual, pero que estos de aquí no se lo preparan.

Hasta la mentira requiere un cierto porte. Ya sea para medir la solvencia de los que acusan o la inteligencia de los que creen. Y ya que no podemos esperar que digan la verdad, al menos, que se adiestren como cuentacuentos.

 

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