Nombres propios de este mundo

Angela Merkel se va y todo son elogios: se habla de su moderación, de su capacidad negociadora, de su impulso europeísta y, en concreto, de su arrojo en favor de millones de inmigrantes que se distribuyeron por toda Alemania y de su firmeza para sacar adelante los cuantiosos apoyos a las economías más vulnerables como consecuencia de la pandemia.; en ambos casos, en contra de la ortodoxia neoliberal de su propio partido y a favor del denominado capitalismo renano. La canciller alemana no solo ha evolucionado de manera ostensible en los últimos años sino que ha impulsado esa evolución en otros dirigentes europeos. Y gracias a eso se olvida el  desprecio y la arrogancia con que respondió al reclamo de solidaridad que expresaron los países del sur de Europa durante la crisis de 2008. Ella llegó a ser, en aquellos momentos, la causa de todos los males impuestos por la implacable vigilancia de la Troika. Entonces España las pasó canutas por exigencia de sus socios (con Merkel al frente); ahora siente un cierto alivio por decisión de sus mismos socios (con la misma Merkel al frente). ¿Aprendió ella? ¿Y nosotros?

En esta fase más reciente, el primer ministro holandés, Marc Rutte, se ha erigido en la bestia negra de los países del sur o, si se quiere, de los europeos más vulnerables. Bajo su mandato los Países Bajos se han convertido en la referencia inmisericorde del neoliberalismo imperante. No solo ha negado ayudas sino que también ha despreciado e insultado a los otrora PIGS. Los hechos han confirmado que no es más que un supremacista que desprecia a los sureños y, sobre todo, a los pobres. El robo de las ayudas sociales a las que tenían derecho decenas de miles de inmigrantes ha sido condenado por los jueces. Las penurias a las que el latrocinio institucional condenó a miles de niños son un hecho imperdonable. En un artículo titulado No pidan disculpas, publicado en El País, Soledad Gallego-Diaz califica lo ocurrido en los Países Bajos, con el consentimiento de Mark Rutte, como “esa especie de crímenes burocráticos (que) aparecen con asiduidad delante de nuestros ojos sin que nos produzcan espanto”. Rutte ha tenido que dimitir, porque el robo y el latrocinio fueron amparados por su gobierno. El problema estriba en que su dimisión solo parece el camino necesario para su reelección. ¿Habrá aprendido? ¿Y nosotros?

 

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