Nueva guerra, viejas víctimas

La guerra que vendrá no es la primera. Antes de la pandemia que parece habernos partido en dos, hubo otras guerras. Y al final de todas ellas, vencedores y vencidos. Pero en todas las que fueron y en todas las que vendrán entre los vencidos el pueblo llano pasaba hambre y entre los vencedores el pueblo llano la pasaba también.

Bertolt Brecht tal vez suene en estos días a retórica doctrinaria. Curioso, en un tiempo en el que la retórica doctrinaria se ha impuesto de manera inapelable a un debate publico, en el que resulta imposible que “los temas de los que se habla en las campañas electorales estén de acuerdo con las necesidades de los ciudadanos, secuestradas por las habilidades de los discípulos de Trump, capaces de conseguir que los medios no encuentren tiempo ni recursos para hablar de aquello que profesionalmente consideran relevante”.

Soledad Gallego-Díaz plantea su reflexión, Fracaso catastrófico, en el contexto de las elecciones convocadas en la comunidad de Madrid, pero su análisis desborda esa cita concreta. La lógica de las campañas electorales se ha transformado en la lógica de la actividad política. La pandemia de la Covid19 ha llevado al paroxismo ese estado irremplazable de campaña electoral permanente.

Todo parece estar en proceso de transformación, pero, como explica Joaquín Estefanía en Contra el gatopardismo, la realidad induce a temer que “todas las transformaciones que se están dando a todas las escalas sean puramente cosméticas y no varíen la configuración del poder y la propiedad”. El temor se amplifica ante algunas preguntas: “¿Se arreglarán, por ejemplo, las tres grandes fábricas de desigualdad?: la distribución de la renta, agravada por las continuas devaluaciones salariales facilitadas por las reformas laborares; los sistemas educativos que llevan décadas haciendo aguas en su función de garantizar la igualdad real; o la debilidad del sistema fiscal, enclenque y no equitativo.”

Esas son algunas de las cuestiones de fondo que debieran ocupar el debate público. Hablar sobre estas cuestiones y desarrollarlas a través de propuestas concretas –acuerdos, leyes, reglamentos– tendría que ser el objeto central de la política. Lo explicaba hace unos días el escritor Ian MacEwan en excelente artículo:  El año de la pandemia: el buen gobierno es la única solución.

Máriam Martínez–Bascuñán abundaba en esas cuestiones en su artículo Ofensiva reaccionaria, donde exponía que “La pandemia nos ha dado las razones: vulnerabilidad climática, interconexión global de los desafíos y contradicciones del capitalismo salvaje. Todo parece favorable para el Green New Deal, pero la batalla tiene que darse en el mundo de las ideas, y quizás por eso en Europa los ultraconservadores se niegan a tirar la toalla”.

Esa es la cuestión, el dilema no es “comunismo o libertad” sino enfrentar la razón a la barbarie. MacEwan lo planteaba así: “La disputa se debe desarrollar en el terreno de las ideas, no en el de los sentimientos; en el de las aspiraciones, no en el de las frustraciones; en la racionalidad, no en la emotividad”.

El lenguaje, la retórica doctrinaria sin sustancia, impuesta por el trumpismo entre quienes lo admiran e incluso entre algunos que lo detestan forma parte del centro neurálgico de nuestro futuro y, en particular, de lo que la pandemia ha evidenciado: la asunción de la interdependencia y la necesidad de soluciones globales en un tiempo y un mundo dispuesto al desguace de cualquier afán eficiente y solidario.

Un tiempo y un mundo abonados cada vez más a la guerra que vendrá con el resultado que ya sabemos.

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