Nueva temporada

Fui de la SER antes de ser de la SER e incluso después de ser de la SER. No se trata de una cuestión ontológica, pero tampoco de una circunstancia.

Sin embargo, en los comienzos de cada temporada espero aires más frescos. Que la programación, por ejemplo, invite a la reflexión pública, que es algo previo al mero debate político. Que los creadores de opinión miren a la sociedad por encima de los intereses partidistas. Que la filosofía sea el alimento de la intervención ciudadana en los asuntos concretos. Que la cultura impregne la programación sin convertirla en adorno. Que el soporte racional de la reflexión evite la tergiversación o la simplificación emocional de las cuestiones concretas y afiance la emoción del compromiso con la ciudadanía y, en particular, con quienes tienen mayores dificultades para sobreponerse a la urgencia de lo inmediato.

Esta sociedad debe reunir a buen número de personas capaces de sobreponer su vuelo intelectual sobre la ramplonería de lo inminente. Cuando no se hace, la pretendida reflexión se enrancia y al oyente, sometido a una rutina que asume indefenso –él no interviene–, le queda el sabor de una digestión que repite, como aquellos sabores de la infancia que justificaban el eructo. Algo de eso está pasando.

O eso me parece. Incluso en esa Ser de la que fui antes de ser de la SER e incluso después de ser de la SER. ¿Por qué digo esto? Otro día lo explicaré, pero conste que fui de la SER porque quise ser de la SER. Y pese a todo aún no me arrepiento… Por eso me empecino en ser de la SER después de haber sido de la SER. Y hay días y algún programa en los que celebro de mi empecinamiento.

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