Otra manera de vaciar el vacío sin parecerlo

La reivindicación cantonal de la autodenominada España vaciada puede acabar en su definitivo vaciamiento. Lo ha explicado de manera certera Sergio del Molino, el escritor que acuñó el concepto de La España vacía, más abierto y complejo que el resumido en la despoblación como consecuencia de la falta de infraestructuras y servicios o del abandono de un sistema económico y político que centró sus atenciones en la ciudad y, entregando la mayoría de los recursos disponibles al medio urbano, desposeyó hasta el expolio al rural.

El problema es mucho más complejo, porque no responde tan solo a la hegemonía de los grandes núcleos de población en detrimento de los menos habitados, sino también a la incapacidad del mundo rural de encontrar un modelo capaz de resultar estimulante y eficiente al mismo tiempo. No han sido pocos los recursos –sobre todo, tras la incorporación de España a la Unión Europea– desaprovechados por las administraciones locales en pro de un clientelismo tendente a conservar posiciones privilegiadas tanto personales o de grupo.

No ha existido una reflexión autocrítica sobre las actuaciones de las instituciones más próximas a los ciudadanos en una época en la que se han multiplicado las ayudas europeas y, en menor medida, las procedentes de las administraciones autonómicas y provinciales. Las críticas –no por ello absolutamente injustificables– se han dirigido hacia la administración central. Asunto resuelto: los responsables de la España vaciada son los otros. No solo puede ser así, sino que lo es, pero, además, la España vaciada tiene muchos responsables en su seno.

No ha existido una reflexión capaz de articular una descripción exacta del problema sobre la que pudieran establecer unos objetivos escalonados y un programa global de actuaciones y responsabilidades de cada una de las administraciones, así como de establecer los mecanismos para aglutinar los recursos necesarios de manera coordinada y eficaz.

Optar por la fórmula de elaborar listas de reivindicaciones sin horizonte, ni siquiera una propuesta de medio plazo, solo aboca al fracaso. Un programa ambicioso requiere la corresponsabilidad de todas las instituciones y de un profundo cambio de aspiraciones y responsabilidades. Buscar un escaño en el parlamento regional o el español puede producir algún aguinaldo, pero no ayudará necesariamente a generar una propuesta global válida para la reivindicación efectiva del mundo rural. Solo la asunción del problema por parte de las instituciones en su conjunto puede conducir a una propuesta global y, sobre todo, eficaz.

El camino que conduce a la reivindicación de las migajas y a la disputa entre los pedigüeños solo puede consolidar la España vacía, entre todos vaciada. O sea, otra manera de vaciar el vacío, sin parecerlo.

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