De un tiempo a esta parte el debate público se ha empobrecido hasta el extremo. Apenas se inicia, se interrumpe. Basta un calificativo para el punto final. Nazi, facha, populista, bolivariano, comunista… Pero no conviene banalizarlo. ¿Qué hay detrás de la descalificación?

¿Acaso el reflejo de un pensamiento totalitario?

Acudo a Hanna Arendt, como me enseñó Javier Santos, para definir el totalitarismo: “Cuando la ciudadanía se convierte en una masa”, generando “la muerte del sujeto jurídico, la muerte de la personalidad moral, la cancelación de la singularidad”.

Esos criterios corresponden a la sociedad totalitaria que supuestamente rechazamos, aunque con frecuencia los hechos delatan comportamientos propios de ella. ¿Cuáles son las características del lenguaje totalitario?

Busco la respuesta en la misma fuente: cuando se pasa “del discurso complejo al simplificado, del discurso racional al emotivo, del discurso organizado en géneros textuales al organizado en módulos, del discurso cultural al identitario”. O sea, cuando la comunicación da paso a la propaganda, cuando en vez de informar se busca provocar adhesiones.

¿Dónde estamos? ¿Por qué extrañarnos de lo que nos pasa? ¿Era tan diferente la realidad hace ya bastantes años?

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