La historia está llena de hechos, personas, acontecimientos o situaciones que reclaman un lugar en la memoria colectiva tanto por su importancia o interés como por la desatención y el silencio que la sociedad o quienes pretenden manejarla generan en torno a ellos. Esa es la razón de ser de Otra Extremadura (Jarramplas, 2020), un libro de Manuel Cañada con el que pretende denunciar la desmemoria colectiva, lo que ha desaparecido de los libros de texto e incluso del propio subconsciente de la región. Así como señalar a los responsables de tanto olvido.  

El autor comparte algunos capítulos con compañeros de activismo social, político y sindical y, en todo caso, cita a personas y documentos que acreditan la veracidad de lo narrado. Ante todo, el libro es fruto de una mirada apasionada, la de un hombre y un entorno comprometidos con la voluntad de transformar la realidad desde una posición ideológica explícita durante un largo periodo de oposición y reivindicaciones.

Es correcto, por tanto, el título de la obra, porque evita una perspectiva totalizadora que sería más difícil de asumir. Se trata de “otra” Extremadura, no de “la otra” Extremadura. La memoria que nos queda guarda otras muchas ausencias cotidianas, domésticas, complementarias de la de Juan Cañada.

Otra Extremadura viene a ser una “denuncia de las renuncias” sufridas en el periodo comprendido entre la Guerra Civil y la actualidad y especialmente en el tardofranquismo y la Transición denominada democrática. Durante todo este tiempo buena parte de la sociedad ha ido relegando hechos, personas e ideas que orientaron y alentaron una transformación social que, a la postre, asumió no pocas abdicaciones respecto de las expectativas de los sectores considerados progresistas.

Un libro, necesario, pues; construido desde una posición apasionada que reivindica el viejo afán de una ruptura radical frente a quienes, primero, detentaron un poder sin cortapisas y, luego, siguieron ejerciéndolo a través de instituciones y zonas de influencia más difusas pero no menos severas. De ahí, los olvidos e incluso los enterramientos de aquello que contraviene un status heredero inequívoco, a juicio del autor, de la dictadura.

La cuestión de fondo no solo es legítima sino también imprescindible para comprender y resolver muchos de los problemas que se replantean una y otra vez en la sociedad española y, por supuesto, en la extremeña. Sin embargo, parece asimismo conveniente confrontar esa perspectiva con la realidad y la dinámica de la sociedad en su conjunto dentro de un contexto económico y político mucho más amplio que condicionan –la sociedad real y el contexto, ambos– las vías de transformación más o menos accesibles.

Los modelos sociales no son el resultado exclusivo de confrontaciones ideológicas nítidamente localizadas ni en estos tiempos la mayoría social es un sujeto pasivo de la historia e incluso de la política y la economía imperantes. En ese contexto, muy bien está atender a una posición de parte digna de respeto atención. Y sobre todo, muy bien está el homenaje –un aspecto fundamental de Otra Extremadura– a personas y hechos que se enfrentaron a una realidad opresiva en defensa de los derechos de los, como se dice ahora, más vulnerables. Con nombres y apellidos, para la historia no solo de otra Extremadura sino de toda Extremadura. Aunque esta también se antoje misión imposible.

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