Dicen los lectores apresurados de Maquiavelo que en el arte de la política los medios tienen un valor instrumental. Son buenos, si sirven para ganar; son malos, si con ellos se pierde.

Los medios de comunicación son, en estos tiempos y en el ámbito político, el paradigma de los instrumentos imaginables y utilizables, aunque dentro de ellos haya espacios, programas o géneros que merecen muy distinta consideración en cuanto a su idoneidad e incluso a su  eficacia.

En esa reflexión se da por supuesto que existen medios (o espacios, programas y géneros) buenos, no tan buenos e incluso malos, y que esa diferente valoración depende de criterios tal vez sobrepasados por la realidad.

La comparecencia casi intempestiva de Pedro Sánchez, poco después de su elección como secretario general del PSOE, en Sálvame, para contrarrestar la revuelta abanderada por el conductor/prescriptor del programa en contra del partido político que parecía arropar la celebración del Toro de la Vega en Tordesillas, produjo perplejidad y debate. La coreografía de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría o el afán cantautor de Pablo Iglesias en El Hormiguero, las 24 horas de convivencia concedidas por algunos dirigentes (presidente del Gobierno incluido) a Ana Rosa Quintana, la actuación en un espectáculo de variedades dirigido por María Teresa Campos, las aventuras extremas de Albert Rivera junto a Jesús Calleja y tantas otras apariciones de los severos mandamases en lugares supuestamente chirriantes con su condición de próceres de la patria, se han convertido en hechos cotidianos.

La próxima está al caer. Mientras Pedro Sánchez se niega a una entrevista en El objetivo, de Ana Pastor, un programa y una periodista con pedigrí de informativo; al tiempo que Mariano Rajoy deja vacante su atril en el debate electoral promovido por El País con los principales protagonistas de las próximas elecciones, uno y otro corren apresurados y alborozados a la casa de Bertín Osborne, por la que han desfilado la nieta de Franco, Mariló Montero, Los Morancos, Jesulín y El Cordobés, Arturo Fernández…

¿Por qué? ¿Qué está pasando?

Eso mismo fue lo que me planteó hace un par de días Rosario Gómez, redactora de El País especializada en la información relativa a los medios de comunicación. Y esa cuestión me obligó a pensar un rato. Aunque sobre algunos aspectos del problema ya había dejado constancia en estos lares (o lagares), ignoro el acierto de mis cavilaciones; sólo las recuerdo.

 Los representantes públicos (es decir, los políticos) han desprestigiado la actividad pública (es decir, la política) de la misma manera que los medios informativos han degenerado la información. Quizás ahí se encuentre el punto de partida. En uno y otro terreno se han perdido los contornos y se han devaluado los conceptos. Política e información significan muchas cosas que se contraponen a lo que en algún momento creímos que significaban. Los significantes permanecen, los significados se han modificado hasta tal punto que muchas veces ya no sabemos de qué hablamos.

¿Es política el amiguismo, la decisión arbitraria o basada en afinidades espurias, el ejercicio de la representación en defensa de los intereses colectivos? ¿Es información la tertulia, el magazine de cotilleos, la entrevista destemplada, el reportaje sobre lo que el poder trata de ocultar? A todo eso, y a muchas otras cosas más, aberrantes o saludables, las calificamos como política o información.

¿Dónde se debe situar entonces la relación entre lo uno y lo otro?

Sin necesidad de acudir a interpretaciones extremas o a desviaciones aberrantes, de un largo tiempo a esta parte la acción mediática de la política se ha identificado con las virtualidades del medio dominante: la televisión ha trasladado sus códigos al resto de los medios convencionales, prensa o radio, amén de los más recientes, donde la instantaneidad, la simplicidad y la imagen aún elevan las potencialidades características del medio televisivo.

La banalización de la información convertida en espectáculo, el sometimiento del reportaje a la imagen emocional, la elusión del concepto o la categoría frente a la ilustración, el predominio del despiece sobre el artículo, del flash ante el discurso se han impuesto en todos los medios.

Sin embargo, no ha hecho falta que la televisión impusiera su propio lenguaje a los actores políticos de las actuales generaciones. Lo compartían de antemano. En estos prima la voluntad de conseguir adhesiones sobre la de estimular reflexiones. La publicidad fue y es el paradigma de sus lenguajes. Frente a la duda o la crítica que se corresponde con la formulación de argumentos, la publicidad, televisión o política, busca la reacciones primarias de lo emocional. Así se venden coches, perfumes, juguetes o ropa interior. Así se compran afinidades o votos. Ambas categorías responden en la práctica a criterios comerciales, el terreno de las relaciones sociales de la sociedad contemporánea.

Sobre la degradación de la política se habla a diario en los medios. Sobre la degradación de los medios se dice menos. Sin embargo, la confusión de los géneros periodísticos ya no tiene retroceso: información y opinión se funden en cada noticia publicada, la crónica y el reportaje se interfieren, la entrevista se ha transmutado en debate, la tertulia ha desbancado a gritos al proceso de formación de la opinión pública a partir de los datos aportados al ciudadano. Los hechos, en el mejor de los casos, están al servicio de la opinión que se comunica; es decir, se seleccionan o retuercen en tanto justifican la opinión. Todo ello, adobado de pasión y ruido.

Los espacios informativos se mantienen por interés comercial o como medio de presión ante el poder político. Por eso, su estructura se somete a la programación comercial, la que se hace, como dijo el máximo responsable de la cadena de televisión más seguida por los espectadores españoles, “para vender publicidad”.

¿Por qué entonces renegar de la presencia de los líderes políticos en El larguero, aunque sea ante un conductor ignorante de cuestiones elementales o el interés general, propenso al melodrama y a una campechanía más rancia que cómplice? ¿Por qué limitar sus apariciones a los 20 segundos del telediario o a una entrevista anual o en vísperas electorales? ¿Por qué imponerles la confrontación con tertulianos tan verborreicos como sordos y prohibirles el sosiego de una conversación, aunque sea en el retrete, con tipos fabricados para pasar el rato? ¿Por qué empeñarse en que acudan a auditorios donde los asistentes ya se han prevenido contra el discurso esperado, cuando pueden hacerlo a los lugares donde se refleja la realidad que a muchos ciudadanos más interesa y que ellos observan con la pasión del que mira las interioridades del vecino a través de la cerradura de la puerta? Y si la vida es así, ¿por qué el político no va a aprovechar la desprotección de ese ciudadano mirón que confunde la realidad con la ficción y que se deja seducir por la mueca con que Belén Esteban responde a la atención que le presta su señoría?

¿Por qué, si los medios han creado esta mentira? ¿Por qué, si los periodistas hemos permitido esta suplantación? ¿Por qué, si de los atentados de París informó Sálvame? ¿Por qué, si las redacciones de televisión no se enteraron hasta el día siguiente? ¿Por qué, si, de hecho, en estos últimos días (y ya se ha comentado en estas páginas) algunas de las entrevistas más interesantes a los dirigentes políticos se produjeron fuera de los espacios informativos que aún sigo?

Y sin embargo, produce una inevitable repugnancia que las cosas sean así. A los viejos políticos se les recrimina: conocieron otras costumbres. A los nuevos se les disculpa: han crecido ahí.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.