Pongamos que hablo de… política

Perdone, lector, el desvarío. ¿Qué entiende usted por deporte? ¿Una actividad física y saludable a través de la que se desarrolla el afán de superación, la fuerza de voluntad, determinadas habilidades y, además, en el caso de los deportes de equipo, la solidaridad, el trabajo colectivo y el respeto al adversario y a las normas del juego…?

No sé, no sé…

Usted, como la mayoría de los aficionados al deporte –o mejor, al fútbol–, quizás entienda que el deporte es sinónimo de competición y que a ese concepto se supedita cualquier otro aspecto de los mencionados inicialmente. A partir de ahí reconocerá, tal vez, que

  • su afición implica una cierta predilección por un equipo, algo que otorga a esa afinidad un carácter identitario.
  • su simpatía responde a un criterio eminentemente emocional, al que se subordina la reflexión en torno al juego o a las normas que lo regulan.
  • la victoria es mucho más importante que la diversión o el espectáculo, hasta el punto de que solo ella reporta una verdadera gratificación personal.
  • el deporte ­–o mejor, el fútbol– se sitúa fuera de lo estrictamente racional, como explican principios irrefutables como “esto es fútbol” o “futbol es fútbol”, que se emplean para explicar lo que sea menester y así salir de dudas.
  • su afición tiende a convertirse en pasión y eso entraña un riesgo de radicalización.
  • la realidad de lo que observa e interpreta en el deporte está influida por su previa toma de partido.
  • en función de ese a priori elige a los medios de información que reafirman su condición de aficionado a un determinado equipo.

Llegados a este punto, usted se pone en manos del denominado periodismo deportivo, del que forman parte unos medios más interesados en el tamaño de la audiencia que en el valor social del deporte, en la dependencia emocional del espectador más que en la defensa de criterios profesionales de interés público. Por eso el periodismo deportivo –o mejor, el relacionado con el fútbol…

  • observa el deporte desde la banalización: mediante tópicos elevados a la categoría de principios indiscutibles y ajenos a cualquier actitud crítica sobre el deporte–real.
  • reivindica la opinión libre y sin límites de los periodistas en tanto que, como ellos mismos autoproclaman, el enjuiciamiento permanente –hasta los más mínimos detalles– forma parte de su responsabilidad pública.
  • desprecia el respeto a las actitudes y opiniones legítimas de otros actores, fijando una peculiar y genuina moralidad.
  • impone la radicalización absoluta de las opiniones e ignora principios elementales del periodismo tradicional, como la preeminencia de los hechos o el respeto a las opiniones ajenas.
  • explica que los profesionales crean ejercer legítimamente su oficio cuando juzgan especulaciones e intenciones o cuando sentencian quién acierta y quién yerra en cualquier decisión, opinión o actitud.

De todo ello se deriva una comprensión del deporte -y del fútbol, en especial– en la que

  • solo importa ganar. Por lo que todas las conclusiones se establecen a partir del marcador.
  • interesa más el conflicto que la distracción, el denuesto que el juicio, el árbitro que el juego, la bronca que la diversión.
  • lo anecdótico se convierte en trascendente.
  • los periodistas se alinean en bandos y desde esa posición hablan, interpretan y opinan.

Se podría, por tanto, concluir que

  • a los periodistas deportivos no les gusta el deporte sino la competición, la contienda, lo que divide y aquellos otros aspectos que se pueden resolver en términos binarios.
  • los aficionados comparten la banalización, la simplificación y la confrontación permanente que orientan los medios.
  • la emoción es lo que importa, y eso aboca a la radicalización.
  • llegados a ese punto, el deporte no ayuda ni a la sociedad ni a los ciudadanos y tampoco puede ser saludable ni gozoso.

Pero… ¿no habíamos anunciado que íbamos a hablar de política? ¿De qué estamos hablandoos?

Fundamentos a título personal

Cada noche, al ir a la cama, me enchufo en los auriculares un programa deportivo y caigo redondo. Hay días en los que ni siquiera llego a enterarme de la primera noticia de la emisión. Este recurso tiene algo de adicción; lo acepto y, aún más, lo reivindico. Un vicio, pensarán algunos. Menos de lo que parece. 

Esos programas deportivos no me distraen tanto como me aíslan. Lo que escucho no me interesa, pero su run run me desconecta de los asuntos del día ya pasado y de las tareas, casi siempre autoimpuestas, del de después. No he encontrado somnífero más eficaz. Como los periodistas deportivos se plantean su trabajo a grito pelado, advierto a quien quiera seguir mi ejemplo que conviene bajar el volumen de la transmisión hasta el límite de lo audible –cuento con cierta ventaja al respecto: estoy bastante sordo–. porque, si no, uno puede destrozarse la cabeza contra el cabecero. 

Adoptada tal precaución, antes de enterarme de los asuntos que el griterío radiofónico debate como si se tratara de la cuenta atrás del fin del mundo, me abduce el sopor y, a continuación, el sueño profundo. El método, salvo en contadas ocasiones, incluso en este tiempo de escasa actividad física, funciona: al menos, me funciona. No obstante, las personas con las que he compartido mi descubrimiento desconfían de él y, en muchos casos, lo rechazan; para ellos resultaría imposible relajarse con tal despropósito. Los entiendo.

Yo sigo cumpliendo a diario con el rito, porque no tardo en dormirme y porque, además, las ocasiones en que el método fracasa me han permitido analizar el funcionamiento de esos programas deportivos y articular una reflexión sugerente: la información deportiva actual –sobre todo, la futbolística– es la precursora de la comunicación que en este tiempo se impone como  elemento sustancial de la acción política.

¿Se trataba, entonces, de política?

Así es si así os parece. Asumamos un último ejercicio. ¿Verdadero o falso?

  • En política, cada vez más, reina el absurdo, el tópico, la banalidad, las convenciones, el vacío intelectual…
  • El resultado –los votos o la aquiescencia– es el objetivo central de la acción política.
  • La política como instrumento encargado de articular una sociedad libre, respetuosa e igualitaria ha encallado: los principios se miden en votos, en la clasificación que establecen las urnas.
  • La participación en los asuntos públicos se somete a esos principios o se convierte en irrelevante.
  • La competencia entre los actores políticos abona el conflicto y este aboca a la radicalización.
  • La eficacia de los mensajes impone la primacía de la emoción sobre la racionalidad. 
  • Como en el deporte, en política real es también un sucedáneo de producto original. 

Conviene, por eso, estar atentos al deporte y al periodismo deportivo, porque están marcando el rumbo actual del ejercicio de la política y de los medios de comunicación en general, incluso el de los que se dicen interesados en los asuntos públicos. Los ciudadanos son hinchas, aunque les gustaría ser árbitros. Los medios cumplen con lo uno y con lo otro.

Perdone, lector, mi duda. En definitiva, ¿hablamos de deporte, de política, de medios de comunicación? Ya no distingo. Salvo los uniformes.

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