Ponte en mi lugar

Estoy estreñido. El atasco me impide cagar con la regularidad conveniente. De repente, parece haber llegado el momento que esperaba. Siento que podré soltar lo que me atora. Tal vez necesitaré algún esfuerzo. Acudo al wáter, cierro la puerta, requiero tanto silencio como tesón. Aprieto. Temo que se pueda tratar de una falsa alarma. Vuelvo a apretar. Insisto. Tomo aliento. No cejo. Algo empieza a ocurrir. Aprieto los puños, me inclino, sigo. Duele. Se acelera el ritmo cardíaco. Jadeo. Mi cabeza va a estallar. Estoy en ese momento en que el atasco se antoja irresoluble, sin marcha adelante y, ahora, también sin marcha atrás. Empujo con los riñones hasta la lágrima.

En ese momento se abre la puerta del baño en que me guarezco. Irrumpen una mano, un teléfono, una voz…

  • Mi hermana te quiere saludar.
  • Buen momento, respondo.

Estoy exhausto. No tengo fuerzas para estrellar el puto teléfono contra la pared. Tardo en recuperarme antes de reincidir en los apretones, en la sensación de desgarro, en el relax final. Dolorido pero satisfecho.

Me acuerdo de Leandro. De aquellos años en que trabajábamos en un periódico donde él acuñó un lema que expresaba la urgencia de nuestras exigencias sindicales: “Queremos mear con dignidad”. De cagar ni se hablaba. La culpa era de las ratas. Grandes como conejos, se apostaban junto al sumidero de aquel retrete sin asiento en un espacio oscuro casi negro. De las ratas impresionaban sus sombras, sus ojos, su quietud, su amenaza. Estaban, no había duda, al acecho. Mear era un acto heroico. Te bajabas la bragueta y apuntabas lo más lejos posible del roedor, no se fuera a molestar. Vigilabas por si resultaba necesario salir corriendo. Por eso habías advertido previamente a los compañeros del riesgo que ibas a asumir. Cagar era imposible. Con los pantalones a media asta no había manera de afrontar el riesgo de los roedores (roedoras, mayormente). No saldrías vivo.

Aquel castigo era la expresión máxima de la explotación del ser humano en un periódico gobernado por un señor feudal al que los trabajadores reconocían como “el amo”. Ellos, los empleados, estaban obligados a pasar doce horas en un taller ennegrecido por los vapores del plomo que se diluía en las linotipias y la tinta que consumían las distintas máquinas de impresión y la rotoplana del diario. Aquel entorno abocaba a los trabajadores a un retiro anticipado por enfermedades pulmonares. Sueldos de miseria, jubilaciones de posguerra y, pese a todo, más camaradería que solidaridad. Hasta que surgió el grito de Leandro: “¡Queremos mear con dignidad!”.

La dignidad se encuentra o se pierde muchas veces en cuestiones elementales. Aquel reclamo, entre bromas y veras, unió a redactores con cajistas, a linotipistas con repartidores, a maquinistas y a ajustadores. Hicimos una huelga. El periódico permaneció cerrado durante la campaña electoral, e incluso el mismo día de los comicios, de junio de 1977, los primeros sufragios después de la muerte de Franco. La dignidad estaba por encima de todo.

Quizás resulte excesiva la comparación. Pero todo esto me ha venido a la memoria cuando, hace un rato, he visto avasallada mi dignidad en el momento de mayor fragilidad. Comprendo que es grande la diferencia entre una rata infecta y un teléfono inoportuno. Pero…

… ponte en mi lugar.

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