Al coronavirus no hay quien lo confine. La salud de los gallegos puede depender de una familia radicada en Almería. Y la de los catalanes, de un grupo de amigos que se reúne en Cádiz. La de los madrileños, bastante tienen con ellos mismos y su representante en jefe.

¿Es posible poner freno a la Covid19 sin una actuación coordinada? ¿Basta con la coordinación en nuestro paralelo o en nuestro meridiano? Conviene cambiar la estrategia justo en el momento en que la vigente, aunque a trancas y barrancas, parece estar dando algunos resultados favorables? De eso va, más allá de cuestiones legislativas o del sacrosanto derecho a la libertad de movimientos, el mantenimiento del estado de alarma.

Quienes reivindicaban la mano más dura, ahora reclaman el sálvese quien pueda o el cada cual a su manera. ¿Cuántos ciudadanos han sentido violados sus derechos constitucionalmente reconocidos por haber tenido que permanecer encerrados en sus domicilios para guarecerse de la pandemia y para guarecer a los demás del mismo virus? ¿Por qué son los representantes con menor apego a los derechos colectivos los que más insisten en los individuales?

¿De qué estamos hablando? O mejor, ¿de qué se habla cuando se dice hablar del coronavirus?

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