Preludio de unas elecciones a la madrileña

23/4. Pablo Iglesias llegó al debate en la SER con las cartas marcadas. Belén Monasterio había puesto en duda en TVE la amenaza al dirigente podemita y a sus familiares más directos mediante una carta que incluía cuatrocasquillos de cetme. Iglesias advirtió, poco después en RNE, que no debatiría con quien rehusara condenar previa y expresamente la violencia. Ya en la SER, lanzó en envite y Monasterio puso el órdago. Los demás se quedaron a cuadros. ¿No se habían enterado? ¿No les habían dicho nada sus equipos de campaña? Cuando reaccionaron era ya demasiado tarde. Lo que ocurrió después pudo ser bien distinto.

La campaña se hizo añicos. Se acabó cualquier propósito de debate racional. Nadie en su sano juicio, o simplemente responsable, salió beneficiado. Perdió una buena parte de la ciudadanía. ¿Por cuánto tiempo?

24/4. A la ultraderecha, que no es solo Vox, nada le afecta. Sus votantes no atienden a argumentos. Se deben a otra lógica. Cuando se sientan a una mesa lo hacen para romper el tablero. Debatir no sirve. No vale para nada poner las cartas sobre los añicos del tablero.

La única manera de aglutinar a los demás actores requiere argumentos, apelaciones a la mejora de las condiciones de vida de la mayoría de los ciudadanos, de la sanidad y la educación, de la distribución equitativa de los recursos y las obligaciones… Pero desde hace ya bastante tiempo la política madrileña se mueve a golpe de banalidades, de frases inconexas, de dislates frente a los que no cabe la réplica. El problema no es solo Vox. Los abascales gritan, provocan, azuzan. Pero junto a forma de recabar apoyos hay otra que apela a la desafección, a la desconfianza, a la mentira, con un supuesto aval democrático. Es el trumpismo castizo, cutre y arrollador. Los datos irrefutables, bárbaros, se disuelven con golpes de chulería. Y la intención de voto crece y crece.

26/4. La conductora del programa y sus contertulios dedican buena parte del espacio a criticar la ausencia de propuestas concretas durante toda la campaña electoral por parte de los diferentes partidos. El debate se centra en la polarización que confirman dilemas que parecen rescatados de otros tiempos: libertad-comunismo y fascismo-democracia, y en la necesidad de reivindicar el valor de los programas y de los compromisos inequívocos con la ciudadanía. Hasta que llega el momento de entrevistar a uno de los candidatos.

A partir de ese momento todas las preguntas, sin excepción, evitan la exigencia de propuestas concretas, absorbidos todos por el tono extremo de la confrontación, por la renuncia al diálogo, por el encono y el desacuerdo. Conductora y tertulianos se afanan en demostrar el error de la estrategia basada en la polarización y la emocionalidad, en la ausencia de un debate racional, en la negación del debate, en el cambio de eslóganes, en la norma impuesta por los directores de campaña, etc.

Y así hasta el final.

  • No hay más preguntas, señoría.

28/4. ¿Y si Pablo Iglesias hubiera adoptado otro tono y otra estrategia? ¿Cuánto ha influido el líder de Podemos en el voto al PP y a Vox? ¿Ha ayudado a la izquierda con la que se solidariza o a extremar a la derecha a la que combate?

30/4. En Alemania retiran competencias a los Lander para coordinar y unificar la lucha contra la pandemia. En España solo se pide solidaridad para desarmar a un Gobierno que prefiere la inacción o el empecinamiento en una estratagema –no someter al Congreso la prolongación del estado de alarma– con tal de eludir una derrota en el Parlamento que podría cargarle de razón. ¿Es esto la política?

2/5. La Guardia Civil desaloja en Madrid una macrofiesta con 400 universitarios sin respetar las medidas sanitarias. Después de lo visto en la Fiesta de la Comunidad de Madrid es posible que los 400 desalojados en el fiestón de Ciempozuelos acudan a votar convencidos de que Ayuso les concederá la medalla de la libertad a la madrileña.

A los que no se fueron de fiesta y simplemente quisieron ayudar en este tiempo incierto y absurdo, ¿qué nos espera?

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