A raíz de la emergencia provocada por La Covid19 floreció una pléyade de profetas de los nuevos tiempos. Unos presagiaban cambios radicales en lo más íntimo y en lo más público, en las relaciones personales y en la gestión de los asuntos comunes, en la expresión de los afectos y en los modelos sociales, en el sistema de salud y en las prioridades económicas, en la atención de los más vulnerables (ancianos incluidos) y en los usos de la política. Otros auguraban un regreso a los viejos cauces, cuando el temporal amainara y las fuerzas que condicionan la vida de los humanos despejaran el camino para reimponer sus estrategias.

A medida que transcurrieron los días se fue imponiendo el pesimismo. Los profetas se transformaron, a lo sumo, en testigos del cataclismo inminente. Hubo gente que trató de poner diques al tsunami en ciernes, pero la catástrofe no dio tregua a la reflexión. Aún estamos en ese tiempo de impotencia frente a lo ocurrido y lo que acecha. Asustados.

Tal vez el ser humano asimila muy lentamente lo que acontece a su alrededor, porque la educación no mejora golpe a golpe y la letra tampoco entra con sangre; ni siquiera con muertes. Para colmo algunos de los actores principales de la sociedad actual han dimitido de su responsabilidad, la de señalizar las salidas de emergencia o reclamar la solidaridad colectiva; ellos solo merecen la condición de innecesarios o, aún mejor, de prescindibles.

Algunas instituciones y buena parte de sus dirigentes tampoco han querido mirar un palmo más allá del tratamiento terapéutico o la vacuna contra el coronavirus. Buscaron su bálsamo particular o confiaron en que la suerte cambiara de bando y les ofreciera una tregua para reconstruir los cánones amenazados por la pandemia. Tampoco se han esmerado los narradores que intermedian entre los hechos que acontecen y la percepción que de ellos extraen los ciudadanos; entre las acciones de los responsables públicos o los expertos científicos y las opiniones de quienes las difunden; entre la realidad y lo mediático; entre lo vivo y lo pintado.

Visto así, no ha habido interés para salir de los territorios trillados ni por parte de los actores principales ni de los mediadores. Unos y otros han hablado demasiado y, muchas veces, lo han hecho para confundir.

Algunos interrogantes

La Covid19 ha puesto en entredicho al ejemplar sistema de salud del que creíamos disfrutar. La realidad evidenció deficiencias graves que se hicieron mortales: la imprevisión de una pandemia de grandes dimensiones, la deslocalización en países ajenos y distantes (en todos los sentidos) de recursos imprescindibles desde el punto de vista sanitario, el deterioro del sistema público por los recortes acumulados, la insuficiencia de la asistencia primaria, de plazas hospitalarias, de materiales básicos para los profesionales…

¿Alguien está pensado en una alternativa?

La España actual carece de instrumentos de cooperación y coordinación entre los 17 sistemas de salud repartidos por el Estado. La realidad ha sido muy terca: ni siquiera todos ellos han sido capaces de organizar los datos o recuentos más elementales con un mínimo de rigor y lealtad. Se ha advertido más competencia por aparecer que colaboración por resolver. El ministerio de Sanidad, tal vez imprescindible para la coordinación –a falta de otro mecanismo establecido y adecuado-, se ha visto absolutamente desbordado. Comparados sus medios con los de cualquier consejería parecían más propios de un consultorio de la España vacía que de un órgano de gestión en una emergencia extrema. Y se ha notado.

¿Alguien ha propuesto algo para poner remedio?

En una situación sin precedentes la política ha reincidido en sus métodos y los medios de comunicación se han reafirmado en sus principios, pese a que todo parecía sugerir la necesidad de una cuarentena (para pensar). Ni siquiera en estas circunstancias la sinceridad, la sencillez, la transparencia han mermado el hábito de la ocultación, el embrollo, la marrullería. Ante el peligro colectivo no ha existido una voluntad unánime de cooperación, de reconocimiento de la vulnerabilidad extrema de millones de personas, de lealtad en los comportamientos públicos, de respeto al que discrepa… De decencia.

¿Alguien está dispuesto a actuar limpiamente?

La oposición se ha afanado en denigrar al Gobierno y en socavar su legitimidad y sus propuestas, aunque estas fueran imprescindibles para paliar la infección galopante. Le forzó a pactos polémicos para sacar adelante decisiones imprescindibles que aminoraran los efectos de una pandemia que acumulaba miles de muertos. El ejecutivo buscó la alternativa mediante fórmulas espurias y los partidos menores (en representación) aprovecharon la oportunidad para obtener réditos particulares ajenos a la salud colectiva.                                  

¿Los derechos elementales de los ciudadanos son negociables?

Las Comunidades Autónomas han hecho trampas en el recuento, han discutido la legitimidad del Gobierno para fijar los criterios de desescalada, han antepuesto intereses particulares a la salud general; por su parte, el Gobierno, aún tratando de eludir el cuerpo a cuerpo, se ha aferrado a comportamientos más propios del chalaneo que de la claridad, ha escondido sus propuestas para usarlas a su mayor gloria y ha sido incapaz de ahormar un amplio grupo unido contra los peligros más ciertos. A la postre, tanto los opositores como los presuntos socios minaron el territorio e incluso, en no pocos casos, convirtieron a los muertos en arma arrojadiza.

¿Se atreve alguien a romper esta dinámica?

La prioridad del estado de alarma como garantía democrática para la inmovilización de los ciudadanos era y es una obviedad. Sin embargo, obcecados en las tácticas políticas al uso, han faltado opiniones coherentes en ese sentido y se ha tratado de imponer otras prioridades. Unas, tan importantes como el necesario restablecimiento de la economía para no añadir miseria al dolor. Otras, mucho más difíciles de conjugar en esta fase de desconcierto: el rechazo de un mando único coordinador, la reclamación de dádivas presupuestarias a cambio de apoyos parlamentarios o la manga ancha en la solicitud y/o aplicación de las diferentes fases del desconfinamiento, los habituales racarracas de los nacionalismos irredentos… Por no hablar del atentado a la libertad que suponía defender la salud.

¿Por qué tanta insistencia en las zancadillas?

De mal en peor y de ahí al caos

Con el paso de las semanas el deterioro de las relaciones entre los diferentes partidos políticos avanzó más allá de los límites de lo soportable. A tenor de sus actitudes como representantes públicos, la convivencia social se fue transformando en quimera. Y lo aparentemente incuestionable, la salud, en algo venal. El plan de desescalada pretendido por el Gobierno ha estado en varias ocasiones a punto de saltar por los aires. Hoy por hoy el Parlamento no asegura el respaldo que requiere la prolongación de esa excepción constitucional. La coalición de gobierno puede verse en la tesitura de optar por el sálvese quien pueda o de someterse a la divina providencia mediante un cambio de fases por las bravas, al albur de los cielos. Buena parte de la oposición parece confiar más en las velas a los santos que en los riesgos de los que advierte la ciencia. O tal vez, prefiera el rezo por su (exclusivo y despreciable) bien.

¿Para esto sirve la democracia?

El encono entre los diferentes actores políticos, la agresividad con la que se expresan, las descalificaciones que profieren y el desprecio mutuo han derivado en un ataque frontal a las instituciones públicas. El golpe de estado (aún el escrito así, en minúsculas) asoma tras buena parte de las declaraciones de la ultraderecha amplificada por el PP. El Gobierno ha añadido fuego a la crispación con sus propios errores: el acuerdo de la reforma laboral pactado a escondidas con Bildu, la destitución de uno de los próceres de la Guardia Civil en mal momento y con argumentos de cartón piedra, la negativa a asumir fallos concretos y la incapacidad para plantar con firmeza unas disyuntivas elementales sin trampas ni trucos. Las instituciones han sufrido una erosión brutal y buena parte de quienes tienen la obligación de sustentar el estado de derecho han dimitido de su responsabilidad.

La cuestión política se ha transformado en un problema de pura decencia en un momento extraordinariamente grave, en mitad del duelo de millares de muertos, en puertas de un descalabro económico que arrastrará a miles de personas al desamparo –pese a los esfuerzos que puedan hacerse desde los organismos públicos y la solidaridad social–, en un tiempo de ruina moral de los sectores más reaccionarios y de incapacidad del resto para acudir al grito de socorro de tantos ciudadanos, no solo de España sino del mundo entero.

¿Esta es la consecuencia natural de la política?

Todo lo anterior ha llevado a un estado de ánimo que oscila entre la indignación y la depresión. Y en esa situación, hace falta un golpe encima de la mesa, una sacudida ética, una llamada estruendosa para asumir la extrema gravedad de este momento, y poner fecha límite a un tiempo nuevo. Urge una mayoría comprometida con la sociedad y, en especial, con los sectores más vulnerables; con políticas de igualdad, de salud pública, de sostenibilidad medioambiental, de respeto a la pluralidad en un marco de libertad y cooperación. Una mayoría capaz de proponer un pacto general y de articular propuestas concretas y transparentes –y, sobre todo, decentes–; una mayoría que confíe en las ciencias, incluidas las denominadas sociales, para alcanzar un diagnóstico profundo de la realidad y de una terapia basada en el diálogo y la negociación, con nuevas pautas de conducta que superen los clichés estereotipados de otros tiempos y rompan con la tradición de mediocridad que ha regido en los años más recientes. Una política, en fin, que invite a dirimir con argumentos las cuestiones de fondo, una tras otra, sin chalaneos y pactos ocultos, sin tretas y artimañas.  

¿Esto es posible o nos seguimos engañando?

Nada será posible sin un cambio profundo de la sociedad en su conjunto y de los medios de comunicación en particular, cuya actuación en esta crisis ha circulado a rebufo del desbarajuste de la política. Las redes sociales han llevado a la comunicación pública al desquiciamiento, a la crispación y al caos. Los medios se han dejado arrastrar, seducidos por el modelo del periodismo deportivo –un oxímoron– en el que priman la rivalidad, la competencia, el partidismo y la estulticia. Sus pautas han contaminado la información política. La fragilidad económica de las empresas –sometidas a la voluntad de sus acreedores–, la fusión de los géneros periodísticos que relega los hechos a la opinión o los confunde, el análisis sobre el que se tratan de asentar las viejas cabeceras, la ocupación de las tertulias, la espectacularización de las informaciones y la trivialización de conceptos fundamentales… han depauperado la calidad, pero no la influencia, de unas instancias imprescindibles para la participación democrática.

Los medios de comunicación se han convertido por voluntad propia o ajena en arietes de los bandos contendientes. En torno a ellos se han acumulado más hooligans que lectores, espectadores u oyentes. Los usuarios atentos, deseosos de encontrar elementos informativos suficientes para elaborar su análisis y formar su propia opinión, han quedado no solo en minoría sino avasallados. Porque, para colmo, el método informativo se ha transformado en un bucle obsesivo, que repite de manera permanente los mismos inputs hasta llevar –sobre todo, a los oyentes y espectadores– a una espiral envolvente y perturbadora, castrante. Ese hecho, por ejemplo, explica las dos patologías más graves derivadas de la situación actual: la indignación y la depresión. A fin de cuentas, el caldo de cultivo de una sociedad indefensa y paralizada, abocada a su propia muerte.

¿Tiene solución el periodismo?

Algunas menudencias

1. Escuchando a los profesionales en las ruedas de prensa se aprecia, aparte de los excesos localistas, el deseo de ejercer como árbitros de la realidad que reflejan. Por eso han exigido medidas nítidas, absolutamente mensurables, para fijar la progresión de la desescalada en cada uno de los territorios. Como si la evaluación continuada del profesor o del claustro fuera arbitraria frente a la certeza del cuestionario binario, modo test. Por eso, también, han repudiado las decisiones complejas, como los cambios en el método de medición de la Covid19, que les obliga a aprender que en este momento lo más importante no es el número de infectados o fallecidos –un dato desde hace mucho tiempo inabarcable por excesiv, y que solo añade morbo–, sino el seguimiento de los casos más recientes, una referencia que puede evitar la expansión de nuevos brotes y proteger la vida de los recién contagiados y sus personas próximas.

2. Los medios informativos han fallado en gran medida porque han buscado el rol de árbitros en los niveles sanitario y político, y se han atribuido el papel sancionador, el que dictamina lo erróneo y lo correcto en una realidad imprevista que aboca a la complejidad y la incertidumbre y sitúa a las certezas en el territorio de los curanderos, no el de la ciencia. Sin embargo, la sociedad y los psiquiatras reclamaban certezas y los medios las buscaron como forma de sostener su audiencia. El tiempo disruptivo requería otros paradigmas que, en cualquier caso, alejaban a los profesionales de la información del foco salvador. En su disputa por la supervivencia deterioraron el único asidero posible: la confianza en quienes asumían las mayores responsabilidades.

3. Muchos representantes políticos dimitieron de su responsabilidad, no de sus cargos; pero hubo otros que trataron de mantenerla. A ellos, sobre todo, les afectó la desconfianza alentada por los mediadores. En ese terreno los científicos no podían suplirlos en ese empeño, lo que ha obstado para que fueran utilizados como arietes en defensa de los prejuicios de los profesionales de la cosa pública, incluidos los medios informativos.

4. Pese a su complicidad, llama la atención la unanimidad de los medios respecto a la desconfianza que merecen los representantes políticos. Aducen que el debate entre los políticos es falaz, pero esconden que son ellos mismos quienes lo amplifican. Reiteran que los intereses ciudadanos son otros, pero redundan obsesivamente en lo que consideran espurio. Paradójico, ¿no?

5. Solo el reconocimiento de los errores habría salvado a cuantos incidieron en esta dinámica. Pero los medios, que reclaman la asunción de los fallos ajenos, lo impiden amenazando con un artilugio que, por exagerado, se ha convertido en perverso: el recurso a la hemeroteca para exhibir las contradicciones. Como si estas no fueran un elemento de la condición humana y como si el cambio de opinión no constituyera una exigencia imprescindible para mejorar conocimientos, actitud y comportamientos. Otra cosa es cuando el cambio de opinión no responde a una mejor evaluación de la realidad sino a la pura desfachatez. Pero de eso los medios también saben.

¿Por dónde empezamos?

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