¿Qué hacemos con ellos?

Érase una vez…

Había nacido dentro de una familia real.

Vivió en el exilio por culpa de una República democrática y de una dictadura posterior.

Tuvo que aceptar un status inferior al que la Providencia le había destinado.

Se casó con la hija de otros reyes que también tuvieron que abandonar su país.

Comprendió que la realeza era una regalía que, en contra de lo que ella misma suele programar, puede tener fecha de caducidad.

Fue designado sucesor a título de rey por la dictadura.

Y fue rey por decisión de unos diputados legítimamente elegidos y de un referéndum ciudadano.

Todo iba bien. Eso creyó.

Pero no pudo o no quiso olvidar el pasado: la contingencia de lo efímero, el despojo de los oropeles, la insuficiencia del trabajo para conseguir una gratificación acorde a su natural condición real (también podría decirse regia).

Se aplicó, sensu estricto, a defender su patrimonio, a ponerlo a buen recaudo, a incrementarlo en tanto unos u otros le hacían reverencias por gusto o impostura.

Y ahora estamos donde estamos.

¿Quién es el responsable? ¿El hombre previsor? ¿La historia? ¿Los que daban cabezadas? ¿Los que se creyeron el cuento? ¿Los que le pusieron sordina a los rumores o música al latrocinio?

Cada vez que sale una noticia relacionada con el asunto resulta más fácil comprender al rey que siempre fue a lo suyo que a los corifeos que daban vivas y cabezadas a tan egregio ladronzuelo. Él iba a lo suyo; ¿los demás?

Si lo intuíamos casi todos era porque muchos, pero muchos, lo sabían. ¿Qué hacemos con ellos?

Nota. Este cuento es muy viejo, repite hasta la arcada, pero ¿estamos obligados a reavivarlo cada tres o cuatro días?

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