Bueno, pero ya veremos.

Cuando el jefe del Estado le ha propuesto que forme gobierno, el candidato que se considera más legitimado que nadie a presidir el próximo ejecutivo ha respondido así, tal y como acostumbra, saliéndose por la tangente.

urlQue sí que, que no que, cantaba la copla. Pues eso.

Rajoy se niega, por el momento, a iniciar la cuenta atrás, a establecer el límite a partir del cual se abrirá un nuevo proceso electoral. Se niega, por tanto, a presionarse a sí mismo y a sus interlocutores para encontrar una solución al estancamiento político, pese a que esa presión podría ser el instrumento más eficaz para forzar los movimientos que alumbraran una salida.

Y al negarse, admite la posibilidad de que la política española se identifique con el limbo, el lugar en el que no pasa nada… nunca, eternamente. El estado perfecto del presidente en funciones. Un territorio tan inverosímil que hasta quienes creen en lo irracional y en los milagros, la propia iglesia, lo han abolido y clausurado.

imagesLa comparecencia de Rajoy niega otra evidencia. Él asegura que los votos ciudadanos le han investido como único candidato posible. Asegura que nadie tuvo más apoyos. Y siendo eso verdad, ¿no lo es también que, a tenor de lo que los partidos afirmaron en campaña, ningún candidato tiene más votos en contra? ¿Y que esos votos negativos suman mucho más que los positivos?

¿Tiene sentido elegir a un presidente que los ciudadanos ya han dicho –o eso parece– que no quieren? ¿Un candidato contra la voluntad popular? En todo caso, un candidato dispuesto a eternizar el absurdo.

Dèjense de mamoneos, de dimes y diretes, de sí ques y no ques, de legalismos y pamplinas…

¡Váyase, señor Rajoy! ¡Por dios! El limbo que a usted le gusta ni dios lo soporta.

 

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