La escenografía se ha convertido en argumento. Importan los sillones –su color, su altura, su ubicación– tanto como la sala. El despacho –neutro, insignificante–, más que el edificio. El inmueble, que la reunión. La mueca, que las palabras.

dialogo-1Cumplido el protocolo que devanó la sesera de los equipos auxiliares, en los que se alineaban no pocos notables de la actividad política, la reunión ya era lo de menos: ellos mismos habían convencido a todos los que querían valorar el gesto que aquel encuentro no le importaba a nadie.

Por eso surgió el debate de la cobra, el saludo sin saludo, el mensaje absurdo: cuando las palabras no sirven, las manos, quietas; no vayan sus señorías a liarse a guantazos.

Llegaron, se vieron, se saludaron. Entraron en la sala ante las cámaras y ocuparon sus asientos; ante la algarabía volvieron a levantarse para la foto, uno extendió la mano por costumbre y el otro levantó la vista para abrocharse la chaqueta, antes de volver a sentarse y desabotonársela.

Rajoy-Sanchez-compromete-mantener-grandes_EDIIMA20160212_0663_20Los analistas se sintieron desbordados por el aluvión de mensajes implícitos. Por descifrar los misterios de nada se los considera expertos y, gracias a ello, consiguen buenos sueldos.

¿Y si a uno de los presentes le hubiera dado por reírse a carcajadas despreciando a los tahúres?

Se le habría tachado de ignorante y muy posiblemente habrían sacado a argumentar… las manos.

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