En una época que destaca la necesidad de asumir la incertidumbre prolifera la exigencia de certezas absolutas y de frases como puños.

Ocurre, por ejemplo, cuando se reclaman baremos inapelables para tomar determinadas decisiones: una cantidad, un porcentaje… sin variables ni matices.

En esta sociedad existe una tendencia a dudar de la palabra y a asumir la condición irrefutable de la imagen, por más que esta sea tan manipulable, al menos, como aquella.

Ahora se ha instalado otro mantra cargado de riesgos: los datos por encima de todo. Datos absolutos, sin matices, ni interrelación ni sindéresis para adaptarlos a la realidad y a su complejidad.

O sea:

Si las pruebas decaen, ¿la enfermedad retrocede? Quienes afirman ese resultado o se engañan o mienten. Los números absolutos sirven de poco si faltan referencias.

Ejemplo: bastaría con suprimir las pruebas para acabar con la pandemia. Ojos que no ven… En eso están algunos, con un añadido: no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Aún así, cuando la realidad y las preocupaciones giran sobre un único tema, la reflexión y el debate se convierten en reiteración y ruido.

Vivimos rebozados en el lodazal que hemos ido creado entre todos; aunque unos más y otros menos.

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