«El club». Pablo Larraín, 2015 

Tras haberse convertido en singular cronista de la historia reciente de su país con títulos como Tony Manero (2008), Post mortem (2010) o No (2012), sobre el plebiscito que en 1988 supuso el principio del fin de la siniestra dictadura del general Augusto Pinochet, el cineasta chileno Pablo Larraín eleva ahora su punto de mira y aborda un asunto de repercusión y dimensiones mundiales, sin perder por ello el arraigo en su tierra de origen. El club describe los esfuerzos de la Iglesia católica por retirar de la circulación a los culpables y ocultar así celosamente los delitos cometidos por algunos de sus ministros, prevaliéndose de la cualidad de supuestos pastores y guías de comunidades que, adoctrinadas para ello, creen ciegamente en su benéfica función social y espiritual.

La película narra la oscura historia de cuatro sacerdotes recluidos en una casa a orillas del mar en un pueblo perdido de la extensísima costa chilena. Bajo los cuidados y a la vez la estricta vigilancia de una monja convencida de la importancia de su misión, comparten asfixiante convivencia un pederasta ahora apasionado por las carreras de galgos, un vendedor de niños de familias pobres a cambio de sustanciosas comisiones, el confesor y confidente de numerosas atrocidades cometidas por los militares durante la dictadura y un cuarto sacerdote de tortuosa sexualidad ya muy deteriorado en sus facultades físicas y mentales.

La aparición de un quinto cura, seguido a su vez por otro personaje que se hace llamar Sandokan y emite sin cesar una salmodia lastimera en la que se mezclan pasajes evangélicos, profesiones de fe y crudos recuerdos de los abusos sexuales que padeció en su infancia, altera violentamente la existencia de tan particulares refugiados y propicia a su vez la llegada de otro clérigo especialista en psicología, enviado por la curia, provisto de detallados informes sobre la vida de aquellos y con la intención aparente de cerrar la casa de retiro…

 Se establece así un clima de oprobio y simulaciones sin cuento, que Pablo Larraín, fiel a su costumbre de jugar con la iluminación como elemento dramático, oscurece aún más con una luz mortecina, cenicienta, que refleja el estado de ánimo de los personajes –transmitiéndolo con eficacia al espectador– y que ni siquiera se disipa en las contadas salidas que realizan al exterior, generalmente a la hora del crepúsculo o ya de noche.

Esa turbia coexistencia entre personajes convencidos en el fondo de que no deben rendir cuentas ante los seres humanos, sino solo ante el dios a quien siguen considerándose unidos a pesar de sus infamias, se ve alterada por tres elementos que constituyen el nervio narrativo de la película: la perturbadora presencia del citado Sandokan, el entrenamiento de un galgo de carreras al que nunca dejan alcanzar su presa y que adquiere así un hipnótico poder simbólico, y los duros interrogatorios –en primer plano fijo que aumenta la repulsión que producen los participantes– del investigador a los habitantes de la casa, incluida la monja, que acabará amenazando con transmitir a los medios de comunicación cuanto ocurre allí dentro, hecho que parece espantar a la institución más que los delitos de sus integrantes.

Una vez planteado el asunto, y tratando de huir probablemente de la pura y simple denuncia de un problema social de gran trascendencia y más frecuente de lo que esa misma institución quisiera admitir, Larraín abre posteriormente el guion de su valiente película a otra serie de implicaciones de diversa índole, introduce elementos de acción física que poco añaden a lo ya contado, y lo encamina hacia un desenlace también algo difuso, en el que lo único que parece quedar claro es que nada de lo expuesto se va a arreglar como debiera, el silencio y el disimulo volverán a caer sobre esa y otras muchas casas de retiro o de penitencia [sic] y los culpables de tan horrendos crímenes quedarán impunes, simplemente apartados de la vista de todos y lejos del destino que les corresponde, que sería la justicia civil.

En un momento en que la máxima jerarquía eclesiástica parecer querer modificar en algo esa actitud encubridora, mientras sus oficiantes actúan en cambio con toda celeridad para expulsar de su seno a un destacado sacerdote que se ha atrevido a manifestar públicamente su homosexualidad, está por ver si, ante cuestiones como las que describe de forma tan cruda El club, todo queda en buenas intenciones y mejores palabras, pero sin hechos que las convaliden.

 

FICHA TÉCNICA

Dirección: Pablo Larraín. Guion: Guillermo Calderón, Pablo Larraín y Daniel Villalobos. Fotografía: Sergio Armstrong, en color. Montaje: Sebastián Sepúlveda. Música: Carlos Cabezas. Intérpretes: Alfredo Castro (padre Vidal), Roberto Farías (Sandokan), Antonia Zegers (hermana Mónica), Jaime Vadell (padre Silva), Alejandro Goic (padre Ortega), Alejandro Sieveking (padre Ramírez), Marcelo Alonso (padre García), José Soza (padre Lazcano), Francisco Reyes (padre Alfonso). Producción: Fábula (Chile, 2015). Duración: 98 minutos.

 

Más información en programadoble.com, el blog de Juan Antonio Pérez Millán.

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