¿Qué es lo que no se entiende de lo que hay que hacer o de lo que no hay que hacer en la Fase 0, en la 1, en la 2 o en la 3? Por ejemplo, ¿qué es lo que no se entiende de las franjas horarias? ¿Por qué demonios cuando salgo a la calle en el horario en el que se me ha asignado hay más perros que viejos, más corredores en bicicleta que paseantes con cayada, más jóvenes con mallas que frentes plateadas? ¿Quién es el que no entiende?

Y llegados a este punto de confusión, ¿qué hacer?

Esta mañana me he planteado advertir a un runner de que se le había pasado la hora. Pero me he contenido. ¿Y si me responde “y a usted se le ha pasado el arroz”? También pensé en llamar la atención a una mujer que derrochaba a su paso gotas de sudor, pero temí su replica: “Siga su camino y procure no tropezarse; para usted el problema no es el virus sino la edad”. Luego me crucé con un grupo de mozalbetes. Cambié de trayectoria sin necesidad de pensar. No hacía falta.

En realidad, mi paseo había comenzado observando a un hombre y una mujer jóvenes con dos chavales, uno de siete u ocho años y una, bastante más pequeña, dentro de un carrito. Demasiado.

Me acerqué a ellos. Con educación, más con firmeza, podría preguntarles: ¿No saben que esta no es la hora de los niños; que ellos y nosotros, los mayores, somos poco compatibles; que cada uno de ustedes puede acompañar a sus hijos, pero no simultáneamente; que tampoco es su turno y que las normas están para algo…? ¿Quizás, para protegernos a todos?

No lo hice. Esa fue mi primera renuncia. Luego llegaron las otras. Con ellas caminé durante una hora, preguntándome qué no habrían entendido.

Al regreso, a punto de abandonar el parque, muy cerca ya de casa, el padre con el me crucé al salir paseaba el carrito de su niña mientras la madre jugaba con el hijo en el espacio de juegos infantiles, rodeado con una cinta que advertía de la prohibición de acceder a los columpios. El chiquillo disfrutaba a carcajadas mientras su madre empujaba un aparato que giraba sobre sí mismo. Un rictus en el rostro del muchacho, un cierto descontrol de los brazos y las manos, su felicidad tan explosiva; el cariño de la madre y su acento latino… La imaginé tras la caja de un hipermercado, agobiada por el riesgo del contagio, el cansancio y la lejanía del hogar en el que debía sentirse tan necesaria… El padre, atento, vigilaba, conocedor del desafío estruendoso de la norma.

Me alegré de no haberles dicho nada.

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