Rufo Batalla se reconoce Mendoza

Tras El rey recibe (2018) y El negociado del yin y el yang (2019), Eduardo Mendoza cierra con Transbordo en Moscú (Seix Barral, 2021) la trilogía protagonizada por Rufo Batalla; es decir, la trilogía protagonizada por el propio escritor barcelonés, cada vez más identificable e identificado en la propia narración. En esta ocasión la mirada y la personalidad del autor se proyectan sobre el último cuarto del siglo XX, desde la caída del Muro y la descomposición de la URSS, con las consiguientes expectativas europeizantes, hasta los gobiernos de González y Aznar en España, con los fastos olímpicos de Barcelona y la proyección de Sevilla a partir de la Expo como símbolos de un impulso cargado de contradicciones, que en su glorificación alimentaba la posterior decadencia.

No se trata de una obra de tesis sino de entretenimiento, como corresponde a un narrador que, amén de ostentar el Premio Cervantes, forma parte de la mejor tradición cervantina. Su literatura está hecha para para sugerir y deleitar, con naturalidad y sencillez; para alimentar el placer de la lectura un sentido del humor formidable. El estilo desvela la identidad del autor, máxime en este caso en el que el protagonista, más allá de algunos perfiles provocadores, es el propio autor.

Rufo Batalla se confiesa definitivamente en esta tercera obra de la trilogía. El personaje es un trasunto de Eduardo Mendoza. El lector lo deduce con nitidez y el autor lo ratifica: “Rufo Batalla es un personaje más próximo, casi un calco de mí mismo. Por condición social, educación, aficiones, posibilidades, oportunidades, etcétera. Se apunta a un bombardeo, lo que le salva. (…) se deja llevar, porque no tiene criterio ni opinión propia. Aunque es curioso y se arriesga”.

De todo ello da cuenta Transbordo en Moscú, un relato viajero en el que reaparece el huidizo príncipe Tukuulo, aspirante al reino de Livonia, y que transita por Berlín, Londres, Nueva York, Viena o Moscú, amén de Barcelona, Valencia o Madrid. Se trata también de un relato también familiar de personajes recreados con ternura e ironía.

No importa la trama, seduce el relato. Importan más los trazos que el dibujo. La complicidad del lector se corresponde con la del autor.

Si todavía no lo han comprobado, que ustedes lo disfruten.

Artículo anteriorEl test de las colas
Artículo siguienteAlmudena Grandes: la emoción de un beso