Salvados, mientras resista el oasis

Cada día hay más ciudadanos que dicen haber depositado su reserva de confianza en La Sexta: en sus informativos, en Salvados o en El Intermedio.

Sin embargo…

Esta misma semana alguien de quien no puedo dudar escuchó una conversación inquietante para esos fieles. Un alto directivo de la cadena explicaba cómo habían “tenido que intervenir” ante Jordi Évole para que suprimiera un par de asuntos de su último programa, el que trataba del funcionamiento de los lobbies. En él se vinculaba al ministro Miguel Arias Cañete con, al menos, tres grupos de presión: el petrolero, el automovilístico (Race) y el inmobiliario. Y de esos vínculos, se podía colegir, procedían algunas modificaciones de la ley de costas, como la ampliación del plazo para mantener las irregularidades cometidas en los últimos años durante otros 75.

Parece que estas insinuaciones no gustaron demasiado a la cadena. Tampoco otras que vinculaban al presidente del Gobierno con el lobby de los registradores de la propiedad. El directivo que hablaba aseguró que habían tenido que indicar a Jordi Évole que tanto lo relativo a Arias Cañete como lo relacionado con Rajoy debía suprimirse, porque se basaba en insinuaciones, en sospechas, más que en hechos probados; en definitiva, por falta de rigor. “Parece mentira que estas cosas haya que decírselas a un periodista”, añadió el alto directivo.

El director del programa, según lo narrado por su superior, se avino a retirar lo de Rajoy, pero no lo de Cañete. Y el dirigente de la cadena lo dio por bueno, aunque insistió en el planteamiento demagógico de una parte programa. Tal vez no le faltara razón, porque muchas veces la insinuación es un truco contrario al buen periodismo. Y en la primera parte del programa había más insinuaciones que constataciones y una única fuente: un periodista. No obstante, el error es matizable: ¿estaban obligados los responsables del programa a mostrar la relación entre los intereses del ministro y el resultado de su decisión política?. ¿habría bastado la yuxtaposición de ambos hechos; es decir, la constatación de las coincidencias? Y dejar al espectador la decisión de si tales concomitancias debían interpretarse como casualidades o no.

Unas horas después de esta conversación escuchada por alguien de quien no puedo dudar se conocía (una casualidad, pero qué casualidad para interpretar lo anterior) el proyecto del Gobierno de privatizar los registros civiles y mercantiles, hasta ahora públicos y en buena medida gratuitos. Semanas antes, un periódico había retirado el comentario de un colaborador (de amplísima trayectoria en el propio medio) que insinuaba las extraña coexistencia del Mariano Rajoy presidente del Gobierno y Mariano Rajoy registrador de la propiedad.

(Añadido el 24 de marzo: Por si quedaba alguna duda, El País publica una tribuna esclarecedora de Pilar Blanco-Morales Limones, titulada No con mis datos)

¿Entonces?

¿La argumentación sobre la decisión adoptada por la dirección de la cadena que emite Salvados se atenía al fondo de la cuestión o trataba de ocultar el verdadero objetivo: marcar el límite de la crítica posible o permitida? En este ámbito, el de la política, del que la ciudadanía anda tan escamada, demasiadas casualidades son meras causalidades.

Más aún. Si se trataba de la exigencia del máximo rigor a los profesionales de la información, ¿por qué no haberles exigido que profundizaran, por ejemplo, en el asunto más espinoso que surgió en el programa y al que apenas se atendió: la aceptación implícita por parte de la ex–ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona, sobre la presiones del Rey en asuntos relacionados con la caza? Máxime, cuando en varias ocasiones se había aludido a la fortaleza del lobby de los cazadores en España.

O sea, malos tiempos para la información, incluso en las excepciones que nos quedan. Porque, pese a todo, con sus defectos y recortes, el programa volvía a poner de manifiesto que se trata un auténtico oasis televisivo de este tiempo. De hecho, más allá de alguna simpleza, ayudaba a entender el funcionamiento de los lobbies y, también, la complejidad de la actividad política. No es poca cosa.

Pero, ay, pueden exigirle más rigor: tal vez, el rigor mortis.  Cuando al periodismo se le exige lo mismo que a un tribunal de justicia, el periodismo no tiene sentido. Y cuando el periodismo no apela a la actitud crítica del ciudadano respecto de lo que se le ofrece se convierte en adoctrinamiento. En eso estamos.

En cualquier caso, el oasis sufre los efectos del cambio climático. Hay hechos, reuniones y advertencias que lo corroboran. En esa tesitura alguien de quien no puedo dudar ha escuchado el temor de uno de los directivos más lúcidos de la propia cadena: «ya veremos si podemos mantener la buena imagen de La Sexta a medida que se acerquen algunas decisiones judiciales o las propiaselecciones». Entendido

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