Sucedáneos contra la radicalización

La pandemia del coronavirus ha expandido la pandemia previa de la radicalización y el frentismo. El trumpismo no es un hecho aislado y casual, localizado y efímero. Con matices diversos ese fenómeno se ha expandido por doquier y resulta muy difícil de esquivar, porque no solo abdica de la racionalidad y del respeto a la opinión ajena –y de ese modo seduce en los extremos–, sino que genera sucedáneos de aquellos principios fundamentales con el mismo valor terapéutico que la homeopatía.

Así surgen con frecuencia posiciones y argumentos que, huyendo de los males de la visceralidad y el desprecio, encuentran fórmulas pretendidamente asépticas, si no equidistantes. Por ejemplo, un cierto “relativismo ético y epistémico” que, como afirma Carolin Emcke –periodista, escritora y filósofa–, “se ha generalizado en los medios de comunicación con el pretexto de la neutralidad”.

La autora de Contra el odio (Taurus) expone en un artículo publicado en El País, bajo el título El fantasma sigue presente, que “los posicionamientos casi sobre cualquier asunto político, económico o social se adornan bellamente representándolos como `pros y contras` de la realidad. Lo que se disfraza de imparcial, lo que se presenta como liberal y representativo, destruye toda pretensión razonable de verdad, socava toda validez vinculante de las normas iguales para todos y aplicables a todos por igual”.

Y concluye: “’Lo único que nos permite reconocer y medir la realidad del mundo es que nos es común a todos`”, afirmaba Hannah Arendt en La condición humana. Quizá esto sea lo más amargo de la presidencia de Trump: cómo se ha infiltrado en ese algo común a todos que es la realidad, y cómo algunos sectores de la opinión pública modelada por los medios de comunicación lo han seguido hasta el suicidio intelectual”.

No hay que viajar a Estadios Unidos para comprobar la verdad de estos argumentos.

 

Artículo anteriorLa ciencia en entredicho
Artículo siguienteEpisodios nacionales I: Benditos los siervos del Señor