Los papeles secretos de extesorero del PP, Luis Bárcenas, han alborotado el escenario público.

Hasta la crisis se habría tomado un respiro a su costa, si no fuera porque el escándalo la agrava: ¿cómo se han atrevido a reclamar austeridad quienes han dilapidado o consentido tanta inmoralidad?

Algunos han debido madrugar para buscar una respuesta, para sacudirse los fantasmas, para argüir algo creíble que aplacara la ira después del estupor de la portada.

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El momento pánico que vive el PP ha alcanzado el punto de éxtasis.

El boxeador sonado mueve sus guantes en busca de una sombra.

El boxeador no está en el ring, sino en el gimnasio.

El golpe no se lo ha dado un rival sino, tal vez, un compañero de entrenamiento, el punchingball o el propio saco.

La secretaria del gimnasio ha querido resolver el problema con un cabezazo.

Y ha puesto detrás de ella a toda la cuadra (o la cuadrilla).

¡Para romperse la crisma!

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Algo ha quedado claro: su advertencia o su amenaza (ambas cosas, lo más seguro) a los medios de comunicación que difundan, copien o citen cualquier asunto relacionado con la contabilidad destapada por el caso Bárcenas o, para ser más exacto, con lo que publica El País.

La línea argumental ni siquiera aguantó el tiempo de la rueda de prensa. Todo lo publicado era falso al comienzo de la comparecencia, por lo que la secretaria se negó a aludir a cuestiones concretas. Mediada su intervención se supo que Pio García Escudero, presidente del Senado, nada menos, reconocía como ciertos datos de la publicación que le afectaban. La secretaria replicó que podía haber algún dato correcto, pero que la mayoría eran falsos y falaces.

Todo se había hecho, repitió mil y una veces la secretaria, con la intención de perjudicar al partido, a sus dirigentes y al presidente del Gobierno. Y dio la impresión de que el partido, sus dirigentes e incluso el presidente del Gobierno se habían sumado a la campaña. Porque, ¿quién?, ¿con qué beneficio? No había respuestas, sólo amenaza al mensajero.

El prietas-las-filas proclamado provoca miedo, porque el pánico de quienes deben dirigir la política de un país sólo puede generar alarma.

Y estupor. La portada de El País lo ha llevado hoy a un punto culminante.

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Tal vez no hayan encontrado otro remiendo (no sirve de remedio) que pedir tiempo, para armar vías de escape o estratagemas de defensa, para esperar que escampe, para buscar aliento. Lo han hecho otras veces y consiguieron esquivar lo inevitable.

Ahora el pánico les delata y les inmoviliza.

El boxeador se tambalea.

En esquina esperan un milagro antes de que esté muerto.

 

 

 

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