Tiempo de aspavientos

Qué fácilmente se ve la viga en el ojo ajeno. Sobre todo, cuando la viga existe. Y sin embargo, qué difícil resulta reconocerla cuando se encuentra en el ojo propio; sobre todo, cuando también existe.

La incompetencia, e incluso el disparate, del Gobierno, que ha tardado más de un año en saber que su presidente y su ministra de defensa (al menos, ellos dos) fueron espiados por no se sabe quién, se ha hecho evidente. Pero quienes profetizan que el espionaje a personas vinculadas al independentismo catalán se puede cargar “la legislatura y la democracia” olvidan (no cabe pensar que ignoran) que ellos mismos pusieron en peligro “la legislatura y la democracia” y que de aquellos polvos proceden, al menos, algunos de estos lodos.

¿La merda de casa no fa olor? Quizás sea eso. Sin embargo, a quienes miramos desde fuera a un lado y otro, allá y acullá, nos hiede por todas partes. No hay día sin bronca, sin ultimátum, sin enojo. Ha llegado al punto de que ya no sabemos qué elegir: si el susto mortal o la muerte sin susto.

A algunos de los partidos que en un momento consideramos próximos solo nos queda advertirles de que “yo me paro en la próxima, ¿y usted?”. En ese momento sabremos que debimos pararnos en la anterior. O en la anterior de la anterior. O sea, que llegamos demasiado tarde y que la única salida consiste en borrarnos del juego que a ellos les divierte, pese a los aspavientos.

Sabemos, sin embargo, que no cumpliremos del todo la amenaza. ¿Encontraremos algún resquicio para no ser cómplices de lo que dábamos por detestado?

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