La crisis llegó en el peor momento. O tal vez llegó en el momento debido. O las dos cosas.

En el peor, porque coincidió con la falta de un proyecto político y social capaz de orientar y estimular el futuro. En el debido, porque esa falta de proyecto dejó las puertas abiertas a la barbarie.

La crisis ha sido, en definitiva, el corolario inevitable de otro proyecto, el que se ha impuesto de manera cada vez más agresivo a lo largo de los últimos 30 años; el que no muere, aunque haya arruinado a la sociedad entera, menos a los pocos que la gobiernan y la disfrutan, tras haberla ofrecido el paraíso.

Todo estaba al alcance de la iniciativa y el esfuerzo individual, de la ambición y la codicia. El valor de lo público (y todos sus valores anexos) se plantaron en retirada. La izquierda se había sumado al desmantelamiento y buena parte (la mayor parte) de la sociedad había asumido, también con gozo, la aparente bonanza. Conviene no engañarse.

Ahora estamos aquí (la inmensa mayoría): desmantelados. Por ignorantes o estúpidos, no por derrochadores o improductivos.

En una encrucijada sin caminos: no cabe un cambio de política sin destruir el mito o la falacia que nos ha engullido. Le entregamos las armas. Y ahora no cabe la batalla. La resistencia resulta escasa ante una bestia tan crecida. Deberemos recuperar la confianza al viejo estilo, frente a las fieras, en el circo.

Al león más fiero lo llaman Merkel. Pero ella no es más que la nueva imagen de la banalización del mal.

 

Últimamente, en tierras berlinesas, me dio por releer Eichmann en Jerusalén, de Hanna Arendt. El problema de la canciller no está en su melena antigua, sino en su fe a machamartillo. ¿Qué hubiera podido ser esa mujer durante el nazismo?

Y lo mismo que ella, otros, tantos, fieles. ¿Necesitan que les presente a alguno?

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