No supe qué sentir: vergüenza, indignación, abatimiento, rabia… Todo junto, alternativamente.

He recordado el momento en que me contaron la matanza de Atocha. Me he acordado del 23F en Madrid, cuando la señora de la papelería a la que había acudido salió al mostrador gritando que había guardias  civiles en el Congreso: un golpe de estado. Querían matar la justicia. Querían matar la libertad. Eso pensábamos, al arrullo de un tiempo inédito y, nos consolábamos, demasiado joven después de tanta ruina.

Hoy ya no es eso. Hoy ya no caben excusas ni consuelo. Han matado la justicia. Han matado el suelo de vivir en una sociedad de derecho.

Me he emocionado. He sentido que se estremecían los músculos y que los ojos se congestionaban. He apretado los dientes y sorbido las lágrimas.

Qué sentido tiene hoy haber corrido delante de los grises para que aquella mierda cambiara, si esta es la misma mierda. Qué falsa ilusión la de quienes en algún momento se han proclamado el mérito de la transición. ¡Qué mierda de transición  para volver a este sitio, a este estado de sitio!

Sólo hay una persona, seguramente la más abatida, que puede sentirse legítimamente satisfecha. Lo que hizo, hoy no cabe duda, era necesario. Frente a la injusticia, frente al régimen injusto, frente al sistema que prevarica a diario y conculca derechos de los ciudadanos es necesario luchar, atreverse, ser osado. Hoy la podredumbre en la que nos quieren someter se ha convertido en pura evidencia. Su comportamiento era una urgencia histórica.

Escribo con las tripas. Afortunadamente.

Pienso en que el lunes me voy fuera de España. Y siento por un momento que esa perspectiva me libera, como si más que una casualidad efímera fuera una decisión premeditada y definitiva.

Y echo de menos a Esperanza que, hoy estoy seguro, decidió morir hace dos meses para no vivir este día, esta repugnancia, este hedor. Y pienso en Manoli y no me atrevo a llamarla, porque hoy va a llorar mucho más desconsolada de lo que lo ha hecho hasta ahora.

Y me indigna escuchar a algún comentarista que reitera pomposo que el fin no justifica los medios, porque, más allá de esa frase tan manida y a veces tan repugnante, hay otra que me parece mucho más cierta: que los medios no justifican el fin.

Aquí se ha pretendido masacrar a un hombre porque se atrevió a desafiar la impunidad de los represores y de los corruptos, y se la han jugado. Los suyos, por su recalcitrante independencia, con coartadas leguleyas, y los que temieron que la dignidad del juez desmantelara sus sustentos.

¡Todo el mundo al suelo! Que nadie ose hurgar en los rincones del poder patrio. (Casualmente hoy mismo sabemos que el Poder Judicial ataca a otro juez, el del caso Urdangarín.)

Camps se pavonea y acude a la Macarena. Todo está listo para convertirle en una víctima indefensa. Como todos los malhechores del caso Gurtel, amparados por otros muchos miserables. Como Matas y todos los ladrones del caso Palma Arena. Como los impunes facedores otros casos que hasta hoy nos parecían viejos. Trillo se  hinca de rodillas para merecer el cielo de Washington y mientras prepara las maletas escucha orondo que los cadáveres del Yak permanecerán para siempre sin reparación ni reconocimiento gracias a toda la mierda cocinada por él junto a jueces, fiscales y tribunales superiores y supremos.

El fin de Garzón era acabar con el terror, con el narcotráfico, con la corrupción, con la impunidad de las dictaduras y el olvido de las víctimas. El fin de los que le expulsan de la carrera judicial es el encubrimiento de las miserias propias; lo demás, si conviene o si se tercia. El fin de los otros se  ajusta perfectamente a los medios: la falsedad, el truco leguleyo, el corporativismo reaccionario, este repugnante estado de derecho que cada día más se nos antoja un estado de represión e injusticia.

En este reino vivimos. ¿Merece la pena? Sólo cuando se es digno, cuando se lucha contra el tirano, cuando se desprecian las reglas que obligan a la sumisión, a la ruindad y a la miseria.

Baltasar Garzón lo ha hecho. Lo pagará caro, pero morir, a veces, es lo único decente. He aquí un hombre digno.

 

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