Tres militares y dos más. Ellos representan ante la ciudadanía el operativo contra la pandemia provocada por el Covid-19. Son su imagen.

La liturgia militar en que se ha convertido la información cotidiana sobre la crisis del coronavirus resulta insoportable. Cada vez más.

Desde el primer día en que comparecieron como representantes de las instituciones en combate, los ciudadanos con edad y memoria se vieron obligados a pensar en otros tiempos.

Ejército, guardia civil y policía nacional son mayoría ante el coordinador de emergencias y la representante del ministerio de Transportes. Con la normalización de esa imagen la pandemia se hizo bélica.

Los informes diarios glosan así actuaciones irrelevantes (cuando no banales), anteponen el reconocimiento de las víctimas militares (pocas) a las civiles (muchísimas) e imponen un lenguaje tan ajeno a los valores cívicos como la chatarra que exhiben sus uniformes.

El tufo milico se ha ido haciendo cada vez más insoportable. Re-pug-nan-te.

Su ayuda a los servicios sanitarios, en las emergencias sociales o para el cumplimiento de las medidas legalmente aprobadas no tiene relación ni proporcionalidad, si eso fuera significativo, con una representación que no les corresponde. ¿Dónde está el personal sanitario, el asistencial, el científico, el de todos esos asuntos y actividades que se consideran esenciales o prioritarias?

Por el contrario, la presencia de expertos convocados a acompañar, y a aliviar, la soledad científica y sanitaria a la que se somete sin descanso el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias se ha limitado a la comparecencia de los sábados. Fernando Simón merece mayor respaldo.

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