Un capítulo más sobre medios y política

Los socialistas resuelven las cuestiones del poder, aunque parcialmente, y aplazan las de su razón de ser. Lo normal. Los medios de comunicación amplifican lo primero y esconden lo poco que hubo de lo segundo. Lo normal. Combate nulo. O inútil. Definitivamente, un Comité Federal del PSOE demasiado normal.

Los barones salvan sus cabezas evitando un Congreso extraordinario que, al socaire de las nuevas ideas, tal vez pudiera cambiar la relación de fuerzas en sus federaciones. Además, el nuevo líder les tranquilizó tras el descalabro electoral: “Habéis perdido las elecciones por ser del PSOE”. Pudo volver la frase por pasiva: “el PSOE ha perdido las elecciones porque estabais vosotros”. Aunque resulte tan cierto lo uno como lo otro, no lo hizo, quizás porque tendría que haberse incluido: “Me siento responsable desde la primera hasta la última medida que ha tomado Zapatero”. Eso sí lo afirmó.

Todos hablaron de nueva orientación, de nuevo proyecto, de algún tipo de cambios, aunque nadie hasta entonces hubiera levantado la voz para reclamar esos movimientos. ¿Entonces? Sólo el poder (la “victoria democrática”, que dijo Rubalcaba”) moviliza a los partidos, y a los medios. Tampoco éstos habían aportado alternativas a la política económica del gobierno, salvo que sus medidas debían haberse aplicado antes. Las recomendaciones de algunos expertos a título individual se quedaron en las tribunas de opinión, no en los editoriales.

Todo lo que se ha sabido respecto al futuro del PSOE se ha resumido en esta frase: “Necesitamos un nuevo proyecto que tenga en el corazón mismo una preocupación, que es la de los españoles: el empleo”. Esa afirmación también la suscribiría la oposición, incluido el PP. Con la única diferencia de que éste confiaría en la capacidad natural del mercado –que, en su caso, lo constituyen exclusivamente inversores y empresarios (de especuladores no se habla, para no confundir)–, mientras que los socialistas saben que, para ellos, con eso no basta; y no sólo por convicción propia sino también por demanda ajena: lo han resaltado las urnas.

El nuevo líder se aplicará, hasta el 2 de julio, la fecha de proclamación del candidato socialista a la presidencia del gobierno en las próximas elecciones generales, a la tarea de articular el nuevo proyecto. Quizás después pueda producirse algún acontecimiento para escenificar la petición de los barones: un giro a la izquierda en la política económica con ajustes que los ciudadanos no perciban como injustos –aunque lo sean; esto no lo han dicho los barones.

Después de escrutar lo dicho en el Comité Federal, el aspecto más significativo de ese proyecto tal vez sea el de “modernizar” o “reformar el estado de bienestar”. Una cuestión central, aunque, en esta época de desconfianzas, suspicacias y recelos bien fundados, hay conceptos (modernizar, reformar…) merecedores de toda sospecha.

¿Volvemos a creer en la bondad del ser humano o en la bondad de algún ser humano elegido para tan alta responsabilidad? A APR le sobran sagacidad, inteligencia y labia, sentido del humor y afabilidad siempre que se lo propone, para ejercer muy cualificadas responsabilidades. Le lastran su identificación de la actividad política con la intriga, la tentación que no siempre reprime de suprimir al que no controla y, en definitiva, su voluntad de unidad sin disidencias. Con esa misma idea, el secretario general Zapatero reclamó ayer que “en el partido nos piden unidad y que cerremos cuanto antes”.

Se lo pidieron los barones y se lo pudo pedir el propio Rubalcaba. Tiene alergia –tal vez la manifestación con que su organismo le alerta de males mayores– al debate interno.

Lo recuerdo bastante bien. Al término de un desayuno, tras una comparecencia en La mirada crítica, en la redacción de Telecinco, le planteé, no puedo precisar a propósito de qué, si no convendría trasladar a la sociedad que el debate en el seno del partido era un elemento positivo, porque no sólo la izquierda sino las personas con un cociente intelectual normal entienden las dudas, las paradojas, la complejidad o la perplejidad que provoca la realidad e incluso valoran la discusión como la única manera de encontrar soluciones dignas de respeto. Dentro del tono afable de la conversación, se giró, me miró y afirmó: “Te digo yo que no”. Mis compañeros de desayuno se sumaron a la unanimidad. Todos ellos eran periodistas.

Retiré, ipso facto, mi alusión al cociente intelectual para protegerme a mí mismo: al parecer, había situado la normalidad muy por debajo de lo que indica la estadística. Para incluirme a mí. Lo normal.

 

Artículo anteriorCuestión de principios: ¿en el caso DSK?
Artículo siguienteUn comité normal y el único candidato de unidad