“No se va a romper España y no se va a romper la Constitución. Lo que se va a romper es el bloqueo al gobierno progresista”. Así comenzó Pedro Sánchez la defensa de su candidatura a la presidencia.

Y después del debate, ¿qué cree usted, señor Sánchez? ¿Se va a romper lo uno, lo otro o todo a la vez? ¿Los mimbres de la investidura –no los votos–avalarán al gobierno progresista? ¿Para salvar los muebles –evitar nuevas elecciones y reincidir como presidente– correrá peligro lo que se denominaba consenso constitucional? ¿Más allá de cualquiera de estos asuntos, se ha jodido gravemente y por mucho tiempo la elemental convivencia ciudadana?

Pedro Sánchez había llegado hasta aquí a través de caminos y vericuetos tortuosos. Pero el país entero se encuentra ahora, y no por su culpa, su gran culpa, su grandísima culpa, en una encrucijada sin salida que se nutre del enfrentamiento y la dicotomía alentados por los ultras encubiertos de constitucionalistas.

II

Explica James K. Galbraith que, ante la gran crisis climática, el mundo necesita un cambio tan radical como el que se produjo entre el feudalismo y el capitalismo. Y asegura que, “si no se proporciona un nivel de vida digno a la población mundial, la gente se opondrá a la gran transformación que la crisis climática impone”. Solo lo uno puede propiciar lo otro o, si se quiere, lo otro solo se alcanzará con lo uno. En el tiempo en que vivimos se produce con frecuencia la paradoja de que asuntos aparentemente diferenciados se encuentran íntimamente asociados.

Esta reflexión ayuda a  interpretar el debate de investidura celebrado en vísperas de los Reyes Magos en el Congreso y del que depende la designación del nuevo Gobierno de España y el inicio de una legislatura que arranca con un doble objetivo: una mejor redistribución de la riqueza y una arquitectura territorial más sostenible tanto en algunas comunidades como en la España vacía. Parecen asuntos diferenciados, pero, al terminar el debate, ha quedado claro que, si no se revierte el incremento de la desigualdad y amplios sectores de la sociedad no advierten una mejor redistribución y una mayor atención pública, el problema territorial se sobredimensionará y la convivencia y la política se verán dinamitadas.

Esa es la conclusión del más áspero debate que se recuerda. Áspero y pernicioso, porque, más allá de los problemas políticos explicitados, se ha generado otro aún más grave: el deterioro de la convivencia en una sociedad alimentada por la polarización, por el encono de posiciones extremas y excluyentes. De una parte, las que representa una derecha unida y montaraz; de otra, todo lo demás: un conglomerado de formaciones con muy diversos matices (socialdemócratas de desigual intensidad, nacionalistas de muy diverso pelaje e incluso algún ingenuo recién llegado sin marcador ideológico), pero percibidas como asociadas por amplios sectores sociales.

No se trata, es verdad, de dos bloques simétricos. Uno ejerce como tal por propia decisión; al otro se le reconoce por voluntad ajena. Lo explicaron con nitidez e incluso con referencias idénticas Gabriel Rufián y Adriana Lastra. El republicano, en estos términos: “Lo que no unió el afecto lo unió el espanto”. La socialista, mediante una cita más literal: “No nos une el amor, sino el espanto”. Jorge Luis Borges les inspiró y aportó un término exacto para entender la realidad a que nos ha abocado la crispación alentada durante el debate: el espanto.

Está en juego la confrontación de puntos de vista y la viabilidad del debate público imprescindible. Quienes más insisten en la polarización de la sociedad catalana y en los problemas de convivencia en aquel territorio han decidido extender lo uno y lo otro a toda España. ¿En esas condiciones se puede sostener una legislatura? ¿Ese entorno social puede ofrecer respaldo a un gobierno? ¿Hasta qué punto el deterioro de la convivencia impide la acción política? ¿Puede un ejecutivo en estas condiciones ser algo más que un gobierno en funciones?

Pues en esas circunstancias deberá actuar. Respaldado por el espanto.

III

Habrá que dilucidar hasta qué punto el encono auspiciado por el bloque reaccionario consigue atraer a sus posiciones a sectores sociales que en las últimas elecciones respaldaron a otras posiciones; en especial, al PSOE. El fantasma del secesionismo y el señuelo de la unidad de la nación y la patria tienen una capacidad transversal y pueden unir a ciudadanos muy distantes del discurso conservador en otros aspectos. ¿Muchos? Al menos, los suficientes para que la derecha decida insistir hasta la extenuación en su alegato y convertir esa cuestión en la referencia exclusiva o dominante del debate público. Para sentirse así legitimada a reclamar una alternativa urgente aún a costa de agravar la convivencia, porque ese asunto les importa un pito salvo si lo provocan otros.

El nuevo gobierno tiene ante sí un doble compromiso: mantener e incluso fortalecer el bloque al que se ha visto abocado y conseguir tiempo para mostrar que se avanza en igualdad y se reduce la crispación territorial dentro y fuera de Cataluña. La capacidad de gestión del nuevo ejecutivo en esos aspectos determinará sus propias opciones de permanencia. Sin esos avances y ese tiempo para atemperar el encono que la investidura ha resaltado cabe temer una reacción que incremente la radicalidad y vuele la gobernabilidad.

El tiempo acucia. El realismo se impone a todos los interesados en defender el gobierno que, según parece, habrá de venir. El espanto solo sirve a corto plazo. ¿Entonces? Habrá que compaginar la valentía en algunas decisiones, el sosiego a la hora de defenderlas, la transparencia capaz de desenmascarar las falacias y una prudencia extrema frente  a los manipuladores. O sea, convencer de que el encono no puede ser nunca un argumento.

Ese plan requiere cambios profundos en la manera de hacer política, en la forma de relacionarse con los ciudadanos, en la pedagogía imprescindible de quienes asumen las decisiones públicas… El “y tú más” no sirve para nada. En estos tiempos cualquier dinámica basada en los reproches mutuos se decanta del lado del que renuncia a la decencia.

Ante esos retos no caben ilusiones. Los usos políticos no van a cambiar sin esfuerzo. Aunque fuese distinto el tono de unos y otros, en el debate de investidura faltaron explicaciones sobre lo que se pretende para convencer a buena parte de la ciudadanía; para reconocer y argumentar las contradicciones asumidas respecto a lo que se proclamaba pocos meses atrás o para hacer entender que el objetivo no es el poder sino la transformación de una realidad que, por injusta o insolidaria, duele. Y mucho.

Si el discurso y la reclamación secesionista no se atemperan, cabe temer que las medidas contra la desigualdad tampoco saldrán adelante. De la misma manera que si la desigualdad no se atempera la reclamación secesionista encallará contra el poder de la pura legalidad. Hará falta paciencia para que algo cambie en el ámbito de la política, pero sobran las demoras para conseguir un mayor sosiego social.

¿Optimismo patológico? ¿Cabe otra posibilidad?

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