Tal vez el enojo no sea el mejor acicate para la literatura. Ni siquiera cuando se reviste de sarcasmo. El ingenio creativo de Ian McEwan está fuera de cualquier sospecha, pero incluso para él puede resultar excesiva la publicación de novelas a pares. Entre La cucaracha y Máquinas como yo apenas media un año. Quizás por eso desde el arranque de su último opúsculo se advierte que Kafka y su Metamorfosis, aunque presentes, quedan lejos.

O sea, que McEwan ha optado por un desahogo contra los populismos que asolan Europa (y América) y el Brexit que le aprieta de manera ya irremediable y, cada vez, más inminente. Ese el contexto: un mundo en el que gobierna una cucaracha, rodeada de una corte de insectos estúpidos y repugnantes, con afanes autárquicos bajo el ideario del reversionismo, según el cual los trabajadores pagan por trabajar y cobran por comprar, bajo el señuelo de un ciclo virtuoso por el que crece la actividad económica y desaparece el desempleo.

McEwan invita, pues, al sarcasmo y a la burla a través de un ejercicio literario precipitado, fiado, tal vez en exceso, de su capacidad narrativa concentrada en un relato breve. Tal vez haya corrido el riesgo de banalizar su propio ingenio y su enorme capacidad para hacer lo absurdo verosímil.

En cualquier caso, en algunos momentos. la burla cumple su objetivo.

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