Un lodazal majestuoso

  1. Nadie hizo más por la monarquía que el rey Juan Carlos. Eso se decía y muchos lo compartían.
  2. Nadie ha hecho más contra la monarquía que el rey Juan Carlos. Eso se dice y no hay quien lo refute.
  3. Cada vez que aparece su nombre en los periódicos… la crisis agrieta el modelo de Estado y, lo que es más grave, corroe las principales instituciones del Estado.

HECHOS

Hace un año, el 14 de marzo de 2020, apenas reconocida la cruel amenaza cierta del coronavirus, el rey Felipe VI anunció que renunciaba a cualquier herencia de su padre. Escondida bajo el manto protector de la pandemia, aquella declaración equivalía a decir le gustaría ser hijo de otro para que la corona que lucía en la cabeza dejara de tambalearse.

Cinco meses después, el 4 de agosto, su emérita majestad se las piraba a Dubai, lo más parecido, entre lo que ella discernía, a un régimen monacal de ayuno y abstinencia. Se habló de fuga indigna, de intento de acallar el escándalo…

En el mes de noviembre eldiario.es informaba de que el ex-monarca utilizó tarjetas de crédito con fondos ocultos depositados fuera de España, de posible delito fiscal.

El 9 de diciembre los abogados del fugitivo anunciaban que su representado se había acogido de tapadillo, antes de que Hacienda interviniera, a una regularización fiscal por la que pagado 678.000 euros más o menos. Asumía el delito, eludía la condena.

Quince días después, el Rey en ejercicio enmudecía en su discurso de Navidad eludiendo con una frase encriptada los comportamientos del que, a tenor de la distancia marcada, podría haber sido su padre.

El 23 de febrero de 2021 se organizaban grandes fastos que no escondían la intención de desagravio al Rey don Juan Carlos I en el 40 aniversario del Golpe de Estado de 1981. El hijo recupera al padre sin mencionarlo, pero asumiendo y presumiendo de él hizo por su patria, por la democracia y por la libertad de todos.

Los principales medios de comunicación se suman al festejo con entusiasmo expandiendo una historia sin claroscuros a cuyo respaldo convocaron a historiadores, intelectuales, escritores, políticos… para alentar el orgullo nacional por un pasado de dignidad con un abanderado postinero.

Dos días después, El País, uno de los medios más encomiásticos y entusiastas, se saca por sorpresa una información atronadora: su emérita majestad ha tramitado una nueva regularización fiscal por la que va a pagar 4.000.000 de euros (más tarde se concreta en 4.400.000 euros). Otro delito, más de seis veces superior al que tanto revuelo causó dos meses atrás.

Los abogados del prócer huido no dan explicaciones. Solo cabe una explicación: se trata de eludir otra vez a la justicia actuando antes de que la Fiscalía o Hacienda adviertan los desmadres acumulados solo en los últimos años, desde que el desaparecido perdió la inviolabilidad.

CONCLUSIONES

El rey Juan Carlos I ha reconocido que, desde que es un Rey sin corona, ha gastado más de 10 millones de euros obtenidos sin control ni justificación. Que ha abonado a Hacienda lo que le ha parecido para irse de rositas sin explicar de dónde saca sus haberes. Que ha delinquido, aunque las regularizaciones fiscales eviten que vaya a la cárcel por los asuntos hasta ahora reconocidos.

Pudo ser de otra manera, pero la Fiscalía ha demostrado que en este caso no era Usain Bolt sino, más bien, Diego Bardón, un personaje singular que durante muchos años se dedicó a correr maratones marcha atrás. Hacienda optó por la carrera de la gallina ciega.

HUELE, Y NO A ÁMBAR

“La verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero”, sentenció Juan de Mairena.

  • “Conforme”, respondió Agamenón.
  • “No me convence”, sentenció el porquero.

Antonio Machado tenía razón: ¿La verdad? “Ven conmigo a buscarla, la tuya guárdatela””.

Fuera de la lírica y la filosofía se encuentran principios menos complejos: Los hechos son irrefutables y las interpretaciones, libres, aunque sea a costa de autoengaños o falacias.

Cabe otra norma, indiscutible: “Los comportamientos generan consecuencias no siempre deseables”.

En esas estamos.

El emérito se fugó de los focos, pero dejó un caballo de Troya en Palacio y otro, no menor, en el corazón de la sociedad española que amenaza a las instituciones, a la sociedad en general e incluso a la convivencia.

Cada apuesta a favor de la monarquía es un boomerang contra quien la proclama, ya sea el presidente del Gobierno o de la oposición, la judicatura o los medios de comunicación, un reconocido académico o el vecino del quinto.

La desafección, esa sí, es Real.

Don Quijote se lo advirtió a Sancho. “Huele, y no a ámbar”

PINCELADAS de OCASIÓN

De la figura realista del Rey que aplastó con su corona el tricornio golpista hemos pasado a un retrato virtual en el que aparece ese mismo Rey entre rejas. ¡Menuda fotografía! Pero no se trata de una distopía, sino de algo perfectamente verosímil. ¿Y deseable? ¿Serviría para algo?

La situación ciega todas las salidas previsibles. El modelo institucional no se puede modificar de un día para otro. La interinidad forzada desde la política aboca a la contienda. La sociedad sola carece de medios para superar la situación. Hay personas responsables

Queda… un ejercicio radical de transparencia. Pero esa actitud puede dinamitar la monarquía. Y ante esa hipótesis, lo de siempre: esperar a que amaine, mantener el tipo, asistir al deterioro de la sociedad y proclamar con palabras huecas verdades y principios vacíos. Solo el cansancio, la desmemoria o una pandemia bíblica pueden conducir a la rutina.

¿Es esa la solución?

FINAL DE CUENTO

Esta novela no se puede atener a un género determinado. Nunca será rosa, pero tampoco tiene que ser negra. El drama tal vez sea inevitable, pero en detrimento de la tragedia o la comedia. No se resuelve en la isla de los famosos ni en master chef. Va a requerir imaginación.

¿Y si el Rey pidiera un referéndum?

Veamos. El Rey en ejercicio solicita un refrendo popular con un argumento histórico y para la historia (“Más vale honra sin barcos que barcos sin honra”); el Congreso convoca una consulta: o monarquía con reglas estrictas o república, ya se vería si moderadora o ejecutiva. La novela terminaría con un final ovacionado por el respetable: o restauración monárquica –tal vez, periódicamente revisable–o abolición sin venganza.

Dicho así este cuento parece de hadas o de ciencia ficción. Tal vez la única manera de salir del majestuoso lodazal en que el país se solaza.

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