Un relato horizontal y empático

De un tiempo a esta parte proliferan los autores noveles con afán de notoriedad, ya sea por méritos propios o generosidad ajena. Bajo la coartada del reconocimiento del primer grupo, buena parte de la crítica, estimulada por las editoriales, se ha entregado con frenesí al descubrimiento de jóvenes talentos y a la concesión de créditos literarios a una pléyade inabarcable de narradores. Una especie de baby boom de la literatura contemporánea.

Ante la proliferación del catálogo de lecturas obligatorias firmadas por escritores sin pasado, el péndulo obliga a desconfiar de las recomendaciones y a someter a los recién llegados a un implacable escrutinio con el aval de quienes habitan el olimpo de la creación o la crítica. Todo eso me ha llevado a desconfiar de algunas recomendaciones y a dar pábulo a otras con el mero criterio de un aficionado sin ansias de más.

Pienso en todo esto mientras ojeo los ejemplares que exhiben mostradores y estanterías de mi librería de confianza. Poco después, mientras hojeo un ejemplar de la décima edición de Feria, traslado mis cavilaciones a la librera. Ella asegura que este no fue un libro publicado para el éxito (otras editoriales lo rechazaron antes de que Círculo de Tiza lo incluyera en su catálogo) sino que el éxito sorprendió a los menos ambiciosos. Me dejé convencer.

Y así concluí que la diferencia está en la mirada; en su horizontalidad. En una parte de los muchos relatos que ha auspiciado el bum de la España vacía, se percibe la voluntad escrutadora del entomólogo, el compromiso del protector de aves en peligro de extinción, la sagaz palabrería del tertuliano oportunista o la condescendencia de quien se ha habituado a observar por encima de hombros ajenos. Hay otros, ciertamente, mucho más dignos de respeto.

En el caso de Feria, Ana Iris Simón fija la mirada al nivel de sus personajes, porque ella es no más que una de las personas que habitan su propio paisaje. Eso explica la naturalidad de su relato, cándido, casi naíf, a través de un lenguaje popular que, desde la oralidad, transforma la ingenuidad en credibilidad. Con dos elementos sobresalientes: la emoción y el humor. Por esos territorios transita esta narración horizontal y empática, dos aspectos de una misma actitud.

Los personajes van y vienen, se repiten, se interrelacionan, se explican entre sí; es su manera de ser. Sin embargo, el relato huye de la simpleza para ofrecer una perspectiva de su gente y de sus pueblos en la que lo cotidiano se transforma en hecho cultural, en el que el Quijote reaparece a cada rato en actitudes implícitas y referencias expresas, en el que la manera de ser se entiende a partir de esas relaciones íntimas entre memoria y cultura que los pueblos, en especial, reclaman.

Feria escapa así del riesgo del anecdotario y de la sorna. Se disfruta su naturalidad.

– Gracias, Cristina.

Artículo anteriorLa mirada del Gafotas que revuelve la España vacía
Artículo siguiente¿Qué hacemos con ellos?