Una burla entre la realidad y el espejo

Marcial Pérez Armel es un personaje tan singular que invita a la carcajada. Hasta el momento en que se le reconoce como un reflejo de otros muchos tipos con los que tropezamos a diario y que lucen ciertos rasgos de nosotros mismos. La broma hilarante dura hasta que la burla desvela que nuestra sociedad está, en realidad, llena de impostores de palabra y razonamiento. Con Marcial se pasa de la risa a la acidez.

Esa reflexión se impuso al cerrar el último libro de Luis Landero, después de haberlo disfrutado, por encima incluso de lo que había previsto. Porque Marcial no solo invita a identificarlo con personas conocidas, sino que sitúa al lector ante el espejo para advertirle de actitudes similares de esa manera de estar en el mundo o de vivir la vida.

Marcial puede ser un “desclasado cultural”, un tipo desarraigado, pero no un extraño. En este tiempo abundan los personajes que blasonan de lo que no son. Esta es una sociedad de charlatanes con aparentes fundamentos, que asumen una manera temeraria de acercarse a la realidad, de formular denuncias reiteradas –no pocas veces certeras– sobre las normas y los valores asumidos, de defender una autonomía moral e intelectual basada en intuiciones imaginarias, de proclamar verdades sin razonamiento: gente que habla con la boca llena…

“Hay personas”, reconoce Marcial, “que, no pudiendo contener ni el apetito ni la locuacidad, hablan con la boca entreabierta, es decir, con la boca llena, pero como si la tuvieran vacía y cerrada, reprimiendo así el habla como el bocado, pero atendiendo al mismo tiempo a ambos”. Y por eso él se exige que, “hablando en público, la lengua no ha de ir nunca por delante del pensamiento”. Marcial quiere estar, pues, por encima de lo normal y eso le obliga a saber “estar a la altura” de sus interlocutores. Otra de sus normas de conducta se basa en reconocer la permanente lucha por el poder en todo lo que afecta a las relaciones humanas: “En esa lucha estamos todos y a todas horas, de modo que la historia de esa lucha es la historia de nuestras relaciones sociales: de amistad, de amor, de negocios, etcétera”.

Marcial aborrece lo obvio y denuncia el valor que se concede en las conversaciones cotidianas a las normas ancladas en tópicos irrelevantes, a las fórmulas basadas en frases vacías que se arguyen como indiscutibles. Pero también denuncia la impostura, la banalidad y el desdén de los que se creen más sabios y más lúcidos por una especie de orgullo de casta, de los situados en un escalafón que establecen el estatus social y cultural, siemprerelacionado con sus recursos más que con sus valores.

Marcial resulta ser, en definitiva, un personaje formidable al que su orgullo y su cobardía le obligan a actuar de modo temerario. Eso le lleva a alentar una historia de amor a partir de la cual teje su propia peripecia en una especie de exposición o discurso pormenorizado dirigido a su psiquiatra y abierto también a un auditorio ante el que desea exponerse.

Una historia ridícula (Tusquets, 2022) narra la peripecia de Marcial y de cuanto le rodea. Él es el protagonista y así se lo reconoce Luis Landero, que presume de ser el descubridor del personaje más que de haberlo creado. Así se explican las risas que al propio escritor le ha generado la criatura a la que solo él ha dado forma.

En esa línea, cabe reconocer, como lector (e incluso como admirador del excelente narrador extremeño), que nunca había reído tanto leyendo un libro y de haberlo hecho manera tan ostentórea como con Una historia ridícula. De la misma manera que, al concluir la lectura, no pude evitar esa sensación de acidez que amplifica su importancia.

La propuesta de Luis Landero es una burla, un disparate, un juego; también una delicia, por su ingenio y la naturalidad del relato. Pero es además el reflejo de la banalidad, la impostura y el desdén de quienes tienen en su poder algo más que una navajilla de usos múltiples y una metáfora de la violencia a la que induce la frustración cotidiana, para la que Marcial dispone de poderes mucho más destructores que los comunes. Él mismo invoca a Kafka y al realismo mágico.

Por ahí andamos.

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