El coronavirus ha matado a decenas de miles de personas. No importa mucho la cantidad exacta, el número que arrojar a otro a su cabeza, porque son una barbaridad y porque la muerte no es material acumulable. Duele, y mucho, cada una.

Pero el coronavirus ha matado también sentimientos colectivos, valores comunitarios, expectativas colectivas y personales. La negativa de muchos responsables públicos a la cooperación, el enojo incivil de una parte importante de la ciudadanía contra la otra, la radicalización y el insulto como fórmula de convivencia, el comportamiento cerril de medios de comunicación otrora templados, el despropósito de unas redes que ofenden de solo mirarlas … Aceptar que esas actitudes definen en buena medida a la sociedad en que vivimos provoca una enorme sensación de fracaso.

El fracaso, sin ambages, de una generación que se esforzó para crear una sociedad más justa, pese a errores y desvaríos. O si se quiere, un fracaso personal, ineduble e inocultable.

Visto en perspectiva ha habido momentos en que lo vivido en este tiempo, en estos últimos meses, resultaba tan repugnante como lo recordado en otros que nos parecían lejanos. De nada sirve hacer recuento ahora de aciertos y errores, de pérdidas y ganancias, porque lo que importa es otra cosa. ¿Hemos podido cambiar tan poco? ¿O tan nada? ¿Volver otra vez a las trincheras de una sociedad partida, rota?

¿Qué podemos decir mirando al futuro? Cuando se insulta a quien no piensa como tú, cuando se atiende al que grita más que al que razona, cuando las emociones, como las mentiras –o ambas a la vez–, solo sirven para desacreditar a los argumentos, cuando importa el contra quién más que el a favor de quién…

La libertad, así lo habíamos entendido, era un instrumento necesario. Debíamos pensar en otra libertad, la que empieza por el respeto y termina en la búsqueda de la igualdad, porque sin la una y sin la otra, sin el derecho a comunicarnos y a reconocernos, sin ambos principios fundacionales, la convivencia se torna en quimera.

El encono que han sufrido multitud de personas –algunas de ellas, dignas de extraordinario respeto e incluso admiración– por su defensa de principios elementales por sus argumentos contra la desigualdad, la vulnerabilidad o el desamparo, por su posición a favor de la tolerancia y la negociación, induce a una conclusión terrible: la democracia no fue una victoria de todos. Cuando se planteaba que la sociedad exigía negociación y diálogo, se reconocía  que para ganar era necesario ceder. Lo creímos. ¡Qué ingenuidad la de quienes asumimos el nuevo sistema a sabiendas de que diluía, si no cercenaba, reivindicaciones rotundas y legítimas como la memoria, la justicia, la igualdad sin restricciones…!

Porque otra parte de este país, cediendo mucho menos, ha alimentado la idea de haber sido derrotada por las fuerzas del mal y se ocultó para reaparecer. Han vuelto, sí. Y son muchos. ¿Qué complicidades se han tejido en este tiempo para que rebrote lo peor de aquella España en la que, como dijo Antonio Machado, “de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”? De ahí venimos y en eso estamos.

Y sin embargo es necesario el diálogo y la renuncia. Lo han aprendido quienes denostaban a la generación del 78 por su cesiones y abdicaciones; ellos empiezan a entender que la actividad pública está llena de concesiones. Pero tienen razón cuando preguntan ¿por qué estamos obligados a volver a ese atolladero? ¿Por qué la moderación que contraviene principios fundamentales sólo resulta exigible a una de las partes? ¿Por qué no poner en primer plano los derechos de los vulnerados y de los más vulnerables? ¿No es obvia esa prioridad?

En ese contexto surgen los gritos, los insultos, el asedio. ¿No es para desmoralizarse? ¿Para expresar esa indefectible sensación de fracaso?

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