Estábamos avisados, pero lo ignoramos. Luego, cuando ya resultaba evidente, lo percibimos como una maldición imprevista: no recordábamos las voces que nos lo anunciaron. Entre las primeras, mucho antes de que se consumara la hecatombe, la de José Saramago. Prefirieron ignorarle, despreciarle casi, por la reiteración con la que nos advertía de que quienes gobiernan no mandan y de que el verdadero poder carece no solo de validación democrática sino también, y aún peor, de control democrático.

Hoy llega una nueva voz, la de Michael Ignatieff, de paso por Madrid para recibir uno de los pocos premios periodísticos españoles con prestigio, el Cuco Cerecedo, que concede la Asociación de Periodistas Europeos. El canadiense es historiador, filósofo, periodista. Ha reflexionado sobre el poder y la violencia desde el campo de batalla; sobre la desigualdad y la pobreza, desde los suburbios de las sociedades hambrientas.

Hoy nos ha aportado sus reflexiones sobre lo que nos afecta más directamente. Merece ser escuchado:

“La democracia liberal no puede funcionar si impone medidas duras que son percibidas como injustas. El Estado está para proteger a los vulnerables, no para asumir el peso de las apuestas fracasadas de los mercados. Las democracias tienen que vigilar al capitalismo como águilas, y no lo están haciendo. El problema es la irresponsabilidad de los mercados. Por eso la gente está enfadada”.

“Europa sabe adónde lleva descarrilar de la senda democrática. Espero que no lo haya olvidado”.

“El drama de la crisis no es solo tener que leer la noticia de una viuda que se suicida ante un inminente desahucio. El drama es también que la crisis erosiona la fe de la gente en la democracia”..

“El problema es que en muchos sitios hay medidas de austeridad que solo parecen caer sobre los hombros de los pobres y no de los ricos; que la ciudadanía paga errores ajenos, mientras los responsables se salvan”.

“En las actuales circunstancias, comprendo que desde Cataluña haya ciertas reivindicaciones. Pero creo que pueden ser resueltas con negociaciones. Se pueden arreglar, si los políticos quieren, sin llegar a una situación en la que se impone a la gente optar por una identidad u otra. A menudo, dos identidades conviven en una sola persona. Muchas personas, sin duda, se sienten catalanas y españolas. Da igual por qué orden. Estoy en contra de los separatismos por una razón moral: porque obligan a muchas personas a tomar decisiones que no quieren tomar. Prefiero formulas políticas que permitan compaginar las identidades”.

Concluye: Para saber dónde y cómo estamos “hay que recordar esos pueblos españoles de los años cincuenta”.

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