De un tiempo a esta parte no conseguía pasar un arco de seguridad a la primera. Lo pensó mientras planificaba el viaje. Pese a que trataba de sortear los controles de seguridad de la manera más rápida posible, siempre surgía algún contratiempo o imprevisto que demoraba los trámites. Le había pasado en varios aeropuertos: en Madrid, en Rabat y, la última vez, en Nueva York, donde estuvo retenido durante más de media hora.

El avión para Menorca tenía fijada su salida a las 14,55. Por ello, estimó que debería abandonar el caserón donde había pasado cinco días con buena parte de la familia hacia las doce de la mañana, en previsión de algún retraso en el trayecto hasta el aeropuerto o en los trámites previos al embarque, siempre más prolijos de lo deseado.

Llegado el momento, la salida se demoró, porque en estos casos, los abrazos deben hacerse despacio para dejar constancia de la satisfacción por el tiempo compartido, del deseo de repetir e incluso de recuperar el cepillo de dientes olvidado en el baño. Todo veraz, nada imprevisible.

Así, abandonó el caserón por el empinado camino de tierra y baches que le sorprendió a la llegada y lo hizo con mayor cuidado para preservar los bajos del coche, que en el primer encuentro con el terreno sufrieron un empellón. De los errores se aprende.

A poco de tomar la carretera asfaltada, en un cruce con poco tránsito, bajo la autopista que el navegador invitaba a tomar inmediatamente, observó un coche policial atravesado en la carretera, una valla que obligaba a sortear el pasadizo y una mano ejecutiva que le señalaba el arcén..

– Control de tráfico. Mal empezamos, comentó a su compañera.

Ella asintió.

– No sé qué buscarán por estos rincones. Con nosotros pierden el tiempo.

En estos casos siempre se supone que buscan a otros. No fue así. Le indicaron que estacionara a la derecha.

– Buenos días.

– Buenos.

– Es un control de tráfico ordinario de los Mossos.

– Usted dirá.

– No ha pasado la itebé (o iteuve, como se dice en castellano). Por eso le hemos detenido.

– La he pasado.

– No lleva la pegatina en el parabrisas.

La tenía ya en la mano. La enseñó. La policía se lo comunicó al compañero que marcaba una llamada en el teléfono.

– ¿De donde son ustedes?

– Vivimos en Madrid.

– Si pertenecen a otra comunidad, no habrá problema. Aquí, en Cataluña, es obligatorio llevar la pegatina en lugar visible.

Nunca se le habría ocurrido que la autonomía, y hasta la independencia, pudieran estar de su parte.

– Los talleres están obligados a poner la pegatina a los vehículos que superan la itebe (o la iteuve, como dicen ustedes).

– Allí no la ponen, ya lo ve; está sin estrenar, la llevaba apoyada en la guantera.

– De todos modos, ya que estamos, déjeme la documentación. Para ver que todo está correcto.

– Eso espero.

– El documento de identidad… El permiso de conducir… La documentación del vehículo..,

– ¿Algo más?

– Un momento. Estamos verificando los datos.

Un par de minutos.

– Todo correcto. Pueden seguir, nosotros le ayudamos a incorporarse a la calzada…

– Muchas gracias.

Aún iba bien de tiempo. Un cuarto de hora de retraso, pero con margen suficiente para llegar en hora al aeropuerto. Había decidido rodear Barcelona por la autopista para evitar el tráfico del mediodía, pero se distrajo con un letrero luminoso que recomendaba la Ronda Litoral para ir al aeropuerto, con el navegador que le proponía la Ronda de Dalt y los carteles de la autopista en dirección a Lleida y Tarragona que evitaban la señal del aeropuerto. Acabó en la ruta del medio, donde, apenas alcanzado el primer túnel, se le advertía de las retenciones que le esperaban: por una avería, por unas obras o por vaya usted a saber qué.

Las repetidas advertencias no engañaban. Las retenciones se sucedieron a lo largo del recorrido. La antelación del hombre precavido se iba reduciendo lentamente y la impaciencia obligaba a comprobar la inalterable marcha del reloj. No había otra.

Al fin, la travesía se cumplió. Todavía quedaba la parte más difícil, según los cálculos del conductor: resolver el laberinto de autovías, carreteras y caminos que circundan el aeropuerto para acertar con el aparcamiento low cost que había contratado. No erró. Aun con muchas dudas cambió de vías con acierto hasta llegar a la definitiva, la C31, en la que debería resolver el desvío exacto hacia el aparcadero. La fortuna en este caso se mostró esquiva. Bastó una duda para empezar a percibir cómo el aeropuerto se alejaba. El giro de 180 grados le llevó a un polígono inexcrutable del que salió en dirección a ninguna parte. Reprogramado el navegador y tras varias vueltas alrededor del aeropuerto, con el reloj apretando las sienes e incluso la garganta, retornaron a la C31 y al callejón que antes despreciaron. Sin saber qué rumbo tomar se le apareció un cartel que anunciaba lo que buscaban: un par de maniobras que indignaron a los que llegaban por detrás y asunto concluido.

Sólo quedaba por tomar un autobús que les dejaría en la terminal. En esta ocasión sin retrasos ni equivocaciones. Conducía una profesional que ofreció indicaciones claras para el regreso y se despidió afectuosamente. No era eso, en aquel instante, lo más imperioso, pero lo sería más tarde. La atención prestada a aquellas indicaciones le distrajo.

Apenas faltaban veinte minutos para el cierre del embarque. A la carrera, arrastrando los bolsos, casi a trompicones, colocó los bolsos en la cinta y recogió otra caja para depositar una cazadora en cuyos bolsillos había guardado todos los objetos que pudieran despertar las alarmas en el arco de detección de metales. Respiró. Pasó con calma, como quien sabe que todo está bajo control. Pero la alarma sonó. Una vez más.

– ¿Tiene usted algún aparato electrónico, alguna prótesis?

– Uso audífonos.

– Eso no es.

Los pasajeros que pasaban sin ruido bajo el puente iban recogiendo sus enseres, reajustando sus cinturones, recuperando sus móviles y modificando el orden de las pertenencias del ruidoso, que encontró una llave en un bolsillo del pantalón y alguna moneda.

– Puede ser eso.

No lo era. El arco volvió a silbar.

– Pase. Ponga un pie en ese escalón… El otro… Súbase a ese altillo. Levante las manos.

El lector de mano de metales y hasta las manos de metal del policía recorrieron su anatomía.

– No, no hay nada. Pase.

Se fue a recoger las bolsas. Desde el fondo del túnel otro polícía le advirtió.

– ¿Lleva ahí un ordenador?

– Sí señor.

– Sáquelo.

– También una tableta.

– Sáquela y póngalos en una bandeja.

Dicho y hecho, tras pasar por el arco en dirección inversa. Sin pitos. Al regresar, mientras la cola, ahora detenida, observaba con estupefacción, otra vez replicó la alarma.

– Déjelo.

Atónito, volvió a introducir la mano en un bolsillo. Guardaba una pastilla para regular la tensión envuelta en papel de aluminio. Se fue al controlador.

– ¿Puede ser esto?

El policía hizo la demostración. Se fue al arco con la pastilla en la mano. Lo confirmó.

– Era esto.

– Pues no ha sonado.

– Se han encendido las lucecitas… Mírelo. Es suficiente.

Unas luces titilaban, pero él estuvo a punto de insistir: antes, además, sonaron. Se aguantó, no había tempo; sobre la cinta estaban desperdigadas sus cuatro bandejas. Recogiendo prendas, ordenadores, bolsos, el cinturón, el teléfono, las monedas, todo lo que encontró. Empujó a su compañera.

– Corre que la puerta de embarque está en el quinto pino y no sé si vamos a llegar.

Corrieron como fugitivos sobre las cintas transportadoras sin atreverse a engullir un bocadillo que les aliviara el estrés y el hambre. Cuando llegaron a la puerta de embarque, apenas quedaban dos personas por pasar el control. Notó que su compañera golpeaba su brazo.

– Toma la cartera que luego no la vas a encontrar y te va a dar algo…

– Tienes razón.

Cogió la cartera y se la llevó al bolsillo trasero del pantalón, su lugar habitual. Se detuvo perplejo. Miró la cartera que le había entregado su compañera, era efectivamente la suya, de cuero marrón. Asombrado volvió la mano al pantalón del que sacó otra cartera, también de cuero, negra. La abrió: una tarjeta de American Exprés, otra de un club de golf, varias más que no quiso escudriñar; en el billetero, un fajo abultado de billetes. Se fijó en los más escondidos. Eran morados. De quinientos pavos, pensó.

– He cogido una cartera que no era mía.

– No fastidies.

– Y tiene un montón de pasta. Y su dueño debe estar buscándola como un desesperado.

Decidieron entregársela a la azafata del control de pasajeros. Al principio no entendía nada. Después, tampoco. Una compañera decidió llamar al titular de la tarjeta por megafonía. Nadie se daba por aludido. Hubo que explicarla que el dueño quizás no viajara a Menorca, que podía estar en cualquier lugar del aeropuerto, que el aviso había que darlo desde otro micrófono y a través de otros altavoces, y que era urgente porque cabía temer que aquel hombre estuviera al borde de un ataque de nervios: sin DNI, sin tarjetas de crédito, sin dinero, ¿a dónde iba a ir?

Solo la premura del embarque, ya cerrado, obligó a la azafata a recoger la cartera para ponerse en contacto, dijo, con la policía…

– Pasen al avión. Estamos fuera de tiempo.

Por el camino él repetía:

– ¡Vaya putada que le he hecho a este hombre…!

De repente, dudó.

– Debíamos haber pedido que nos firmaran un papel o algo donde se hiciera constar todo lo que hemos entregado.

– ¿Para qué?

– Para que no tengamos problemas si luego falta algo. Había mucho dinero…

Estaban dentro del avión y tenían que atravesarlo desde la cabina a la cola. Sus asientos se encontraban en la última fila.

No hubo tiempo para más. El capitán anunciaba el despegue inmediato. Un viaje muy corto, movidito, con un run run inevitable: el de la putada y el de esa falta de atención o concentración que le llevaba a perder cualquier objeto en cualquier momento y en cualquier lugar. Esta vez la distracción había tenido efectos contrarios: apropiarse de algo que no le correspondía y ocasionar un desaguisado a otra persona. Se río de sí mismo.

El avión estaba a punto de aterrizar. Solo su posición en la última fila les retrasó la salida. Él avisó a la amiga que les esperaba de que estaban en tierra insular.

Pasada la precipitación y la anécdota, había llegado el momento de empezar a disfrutar de las vacaciones. Estaban ante la puerta de salida del pequeño aeropuerto menorquín. En ese momento, de un cubículo contiguo, emergieron dos guardias civiles, rutinarios, tranquilos; les  hicieron una señal.

– ¿Pueden pasar un momento a ese despacho?

– Vaya día que llevamos, dijo él.

– Tenemos que registrar su equipaje y sus pertenencias, dijo uno de los beneméritos.

– ¿Ustedes han cogido una cartera en Barcelona?, inquirió el otro.

– Pues sí señor. Pero la hemos devuelto.

Uno de los polis se dirigió a una mesa y empezó a hablar por teléfono dando explicaciones. Allí estábamos nosotros, afirmaba. El otro empezó a revolver los bolsos, pidió carteras, reclamó el vaciado de bolsillos…

– Hagan lo que deban, pero les aseguro que hemos devuelto la cartera.

– ¿Dónde? ¿A quién? ¿A la azafata? ¿Saben cómo era? ¿Pueden dar más detalles?

El del teléfono repetía las respuestas a alguien que debía escucharlas. El del registro metía las manos entre las camisas y los calzoncillos con actitud rutinaria. El responsable del desaguisado ofrecía todo tipo de detalles. Sus explicaciones resultaban prolijas, reiteradas. Su compañera cada vez parecía más inquieta.

Él advirtió a la amiga que les esperaba: “Estamos detenidos. Salimos pronto”. El guardia del teléfono, sin girar la vista, anunció:

– La cartera ha aparecido, pero no tiene dinero.

– Te dije que podía pasar…

Siguió dando explicaciones sobre sus temores, pero los que ahora se incrementaban era los de su compañera.

– Regístrenme todo lo que quieran. Si hace falta que me desnude, lo hago ahora mismo.

El poli registrador se mostró comprensivo. No había que preocuparse. Todo tenía la pinta de un despiste. No debía pasar nada. El otro, el del teléfono, explicó que podrían marchar, pero después de dejar las direcciones, los teléfonos, los correos… Tardaron un rato en registrar la información. La compañera insistía en desnudarse para quedarse más tranquila. Los polis ignoraron la sugerencia y trataron de calmarla.

– Váyanse y  esperemos que todo se arregle.

Por el camino hacia el lugar de vacaciones pasaron ante el cuartel de la guardia civil y la cárcel de la isla. En ese momento sonó el teléfono del hombre previsor.

– Le llamo desde el aeropuerto para informarle de que ha aparecido la cartera y todo el dinero. Tengan unas felices vacaciones.

Felices y bromistas, a cuenta del percance.

Dos días más tarde, en una frutería de la isla, los protagonistas acudieron a comprar verduras y frutas. Tras ellos entró un hombre con bermudas y chanclas. Se miraron. La compañera del presunto ladrón le reconoció.

– Del aeropuerto, ¿no?

Rieron. Habría que saber la gracia que todo esto le hizo al damnificado.

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