Veraneando con Markaris, Aramburu, Mankell y Schlink

Algo ligero contra el calor, sin renegar de las preocupaciones cotidianas. Tenía pendiente Con el agua al cuello, de Petros Márkaris y cumplió el objetivo. El entramado de la crisis griega no es un telón de fondo ante el que se desarrolla la intriga sino el eje mismo de la intriga. Hay que reconocer en el texto compromiso y habilidad. Márkaris no ha descubierto el género, pero ofrece solvencia, bien aprendida de sus coetáneos Vázquez Montalbán o Andrea Camilleri, que todavía, más o menos, aportan la referencia latina de la serie negra.

Metidos en esos derroteros volví sobre una asignatura pendiente, El chino, de Henning Mankell. Lo había guardado en el ebook y ese tiempo veraniego, con desplazamientos frecuentes, resultaba adecuado para estrenarme en esa nueva manera de ojear un libro. Otra historia, complicada, inquietante casi siempre, bien resuelta muchas veces, aunque con un exceso de costuras que desmantelan el pastiche. No está Wallander, tampoco el mejor Mankell, aunque se lea de corrido, incluso sin hojear el libro.

Cambié de género. Fernando Aramburu, un escritor que gusta a los escritores; Tiempos lentos, una aproximación al País Vasco y a los comienzos de ETA. Llama la atención, en primer término, el juego metaliterario que plantea Aramburu y que obliga al lector a participar en la elaboración misma del texto. Sorprende luego el tratamiento del tema desde una propuesta aparentemente tan sencilla, incluso ingenua. Me sentí muy a gusto durante muchas páginas, porque Aramburu cuenta e incita. Al final, sin embargo, tuve la sensación de que el cuento no estaba mal.

Quizás por lo contrario, por la complejidad inequívoca que transmite, por el debate moral que provocadoramente plantea, de este verano y estos calores recordaré El lector, de Bernhard Schlink. He llegado a esa novela demasiado tarde, sin conocer siquiera la versión cinematográfica que dirigió Stephen Daldry, nominada para cinco oscars y por la que Kate Winslet conquistó la estatuilla a la mejor actriz en 2008. Aquí no hay pasatiempo sino una historia calculada, un relato escueto y limpio, y una verdad incierta: ¿el lector podría ser el lector?, ¿podría asumirse así, sin escalofríos ni presunción?  Esto no es, ni de lejos, un enredo: tan solo una novela veraz, que atrapa porque inquieta.

Artículo anteriorEso es todo y así nos va: p’alante
Artículo siguienteHoy Rajoy rajó