Llegamos a Berlín. Un aeropuerto añejo, con olor a otros tiempos. No parece una puerta a la modernidad sino a la decrepitud. Tras un vuelo excelente, los trámites se desarrollan con un ritmo admirable. Nunca pude recoger las maletas con tanta rapidez; por ejemplo.

A la salida nos esperan una joven española, Beatriz, que nos acompañará a los actos de la Berlinale en los que debemos participar, y un coche oficial, amplio, negro y brillante, que incluía botellas de agua para cada uno de los miembros de la expedición.

Por el camino se impone la pesadez de un cielo plomizo sobre una ciudad de espacios amplios, donde durante un largo periodo (atravesábamos el Berlín Este) se impuso un régimen rígido y oscuro. Quizás fueran otros tiempos. El ritmo de la conversación y la observación se acomoda a la urgencia del turista, que quiere saber de todo para creer que conoce lo que le es ajeno e incluso explicarlo.

Como siempre, sobresalen las contradicciones. Y las deducciones por sorpresa.

Berlín, me cuentan para estar al día, es una excepción alemana. La capital resulta más caótica y permisiva que las urbes de la Alemania convencional. El policía no aparece más rápido que la infracción ni el ciudadano se encrespa ante una irregularidad menor. Al principio te riñen, pero luego te ayudan a salir del problema. Hay una cierta aceptación del chalaneo, del arreglo, porque la supervivencia es lo primero. Eso me dicen. Y entonces deduzco que eso tuvieron que hacer los alemanes democráticos, los del este, para sobrevivir a la podredumbre de su régimen. O tal vez fueran los otros.

Me cuentan que también en este territorio tan proclive al frío la nieve cae de improviso, o a destiempo, como si nadie hubiera podido prever la llegada del invierno. Los trenes a veces se averían y nadie consigue advertir a los usuarios de que de nada les servirá mantenerse en el estación con la fatua esperanza de llegar al trabajo en la oficina o en la fábrica a la hora debida. Los trabajadores se ven obligados a aceptar cláusulas leoninas, porque el empresariado e incluso algunas administraciones públicas las imponen: contratos mercantiles para relaciones estrictamente laborales, sueldos mileuristas, o menos aún, para muchos ciudadanos obligados a desarrollar tareas cualificadas; reducción de salarios de improviso a cuenta de las malas perspectivas económicas que aún no se concretaron. Los contratos mínimos e incluso los ilegales se acumulan; no porque se paguen en dinero negro, sino porque hasta las administraciones públicas aceptan fórmulas manifiestamente ilegales.

Ocurre en Berlín, no en Sevilla o Alcorcón; en la casa de la señora Merkel, tan dada a advertir nuestra vocación por el despilfarro o las irregularidades; en el reino del protestantismo, donde las obras justifican al hombre ante sus propios congéneres e incluso ante el Dios de su propio credo. Así me lo cuentan los primeros interlocutores, casi antes de haber tomado tierra.

No estaba mal como preámbulo. Luego llegan las observaciones más directas, que ayudan a entender, o eso cree uno, algunas realidades e incluso ciertos aprioris del pensamiento germánico. Sorprenden las infraestructuras, tan sobrias como imponentes. Luego se advierte que la recuperación de Berlín ha requerido una inversión extraordinaria, para la que resultaron necesarias ayudas externas. Se vuelve a la austeridad de las dotaciones hoteleras, funcionales, sin alharacas. Llama la atención la oscuridad de la calle durante la noche; en un país seguro y poco noctámbulo, siquiera durante la semana, no hay motivo para el derroche energético.

Son las primeras impresiones. Luego llegarán otras. Primero, la alucinación de dos museos impresionantes, el Neue, con la gran Nefertiti, y el Pérgamo: dos ejemplos admirables del expolio cultural de quienes, a veces, cuando se habla de esos temas, miran a otros, que también lo practicaron. Segundo, el reconocimiento de una ciudad cargada de personalidad, capaz no solo de reconstruirse sino también de revisarse a sí misma para aunar tradición y modernidad, hasta tal punto que no se sabe cómo interpretarla: si de atrás para adelante o de adelante para atrás. Tercero, Berlin es una ciudad que, más allá de los sentimientos o reflexiones que genere, no puede provocar indiferencia; nos pertenece por completo, sobre todo a quienes tenemos una edad y cuentas pendientes con la historia y la cultura, incluidos el Berliner Ensamble y Bertolt Brecht. Cuarto, un ejemplo monumental acerca de la revisión e integración del pasado en radical contraste con otras realidades más cercanas, aunque con circunstancias decisivas que atenúan o limitan la gloria de ese resultado: la unificación resalta el triunfo de los buenos sobre los malos o, lo que es lo mismo, determina quienes fueron y son lo uno o lo otro con la aceptación de todos.

Con estas reflexiones el frío aprieta menos, aunque la despedida se cubra de nieve.

El viaje empieza ahora. La asimilación o el recuerdo.

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