Víctima de sí mismo

Pablo Iglesias se despidió como víctima y eso le impidió, o le evitó, reconocer errores propios. De haber asumido alguna culpa, su decisión habría alcanzado el valor de lo ejemplar. Pero, tal vez, no hubiera sido Iglesias.

Prefirió reconocerse como chivo expiatorio, alimentado, tal vez, aunque no lo dijera, por sectores ajenos a su ideología y a su manera de entender la política sino también por otros más próximos, tan cercanos como para gobernar con ellos en coalición.

Su despedida y el tono del adiós implicaban el reconocimiento de su error. Pablo Iglesias, en buena parte por voluntad propia, ha alimentado la polarización de la sociedad española. Y esa polarización se ha llevado casi todo lo razonable por delante.

A Pablo Iglesias le ha definido su tono más que su concepción de la política e incluso su propia política. Por eso ha generado desafección entre los más cercanos y ha reafirmado hasta una especie de guerracivilismo a los menos próximos. Ha sido más opositor que gobernante y, pura paradoja, ha acabado alimentando a la verdadera oposición del Gobierno.

Su actitud, su talante o su necesidad de reconocimiento sirvieron de excusa y de argumento a una polarización que otros ya habían impulsado.

El hasta ahora líder indiscutible de Podemos no es el único responsable de la crisis de la presunta izquierda. Pero tampoco sirvió para aglutinarla. Desde el punto de vista electoral cabe pensar que la perjudicó, no solo porque le restó adeptos sino porque incentivó a todos sus opositores naturales y a muchos más a amotinarse contra ella.

No lo reconoció en su despedida y eso lastró una decisión decente. O muy decente, a tenor de los hábitos imperantes en este contubernio al que seguimos denominando política.

Esa decisión también le define. Aunque algunas actitudes dificultaran con frecuencia la plena identificación con unos principios que eran y seguirán siendo necesarios.

Se despidió –y no sin razón– como chivo expiatorio, pero tal vez haya sido la víctima de su propio tono, de sí mismo.

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