El comunicado de ETA ya está aquí. Habrá que esperar las reacciones previsibles. Las más extremas: ésas que insisten en lo obvio, en que no son de fiar o en que la organización ha cumplido y ahora le toca al Estado. Las más previsibles: las que asegurarán que el manifiesto no aporta nada nuevo, porque aquí y ahora ya sólo vale el anuncio definitivo del abandono de las armas, o que sólo tiene un valor instrumental para favorecer la presencia de los abertzales radicales en las elecciones municipales. También las más dubitativas: qué es eso de “permanente, general e internacionalmente verificable” (¿por qué no definitivo?) o qué deciden las víctimas al respecto.

Se quiera o no, la sociedad y, en primer lugar, los representantes de los ciudadanos tienen que algo que decidir y, lo quieran o no, van a hacerlo, incluso en el supuesto de que resolvieran no hacer nada, porque sería una decisión con su propio significado y sus posibles consecuencias.

Todo lo que viene ocurriendo a este respecto desde hace unos meses, aunque amortiguado por las voces oficiales que le niegan valor, resulta relevante; o al menos, no cabe desestimarlo. Por eso hubiera sido razonable aceptar, si no un debate público, la conveniencia de una alerta: tener nuestra mente preparada para actuar en algún momento por venir. Este comunicado quizás marca un jalón incuestionable, ese punto de inflexión en que permanecer inmóviles, mudos o estúpidos puede ser lo mismo.

¿Qué hacer? Ni soy quién para decidirlo ni siquiera para decirlo. Pero estoy seguro de que lo que se haga no será en balde. Por eso, más que nunca, estamos obligados a actuar de manera inteligente y pragmática. Será justo y razonable, y no hay que discutir sobre ello, reivindicar los derechos de las víctimas, repudiar la violencia como instrumento de la acción política, renegar de la presión que el comunicado implícitamente trasmite en tanto que no renuncia al terrorismo pasado ni al futuro.

Sin embargo, algo hay que hacer. Quedarse quieto, en todo caso, deberá ser una decisión voluntaria porque estará cargada de significación, pero no estoy seguro de que remitirse a la caterva de tópicos acuñados a lo largo del tiempo sea en estos momentos lo más inteligente. ETA puede encontrarse en un callejón sin salida, pero nosotros podemos estar ante una oportunidad para acelerar ese proceso sobre la base de la dignidad de los que más han sufrido y sobre la legitimidad que la propia sociedad reclama y merece, y que las instituciones demandan en tanto que representantes de los ciudadanos.

En contra de lo que suele darse por cierto, pienso que el proceso abierto antes y después de la tregua anterior anunciada por ETA fue uno de los mayores logros del Gobierno del todavía presidente. Quienes han tratado de desacreditarlo pueden haber conseguido su propósito ante la opinión pública, pero no pueden rebatir el argumento de los datos: después de que ETA rompiera su compromiso, la sociedad española ha vivido el periodo menos traumático por cuenta de la violencia terrorista desde que la actividad terrorista se estableció en España. Desde todos los puntos de vista: en particular, por la creciente deslegitimación de ETA incluso entre sus propios fieles, por el respaldo legal al aislamiento de quienes no han renunciado todavía a la violencia (tal vez imposible sin aquel intento fallido), por la eficiencia de las fuerzas de seguridad que aprovecharon el decaimiento de ETA tras su porpia trampa e incluso porque desde entonces las víctimas mortales se han reducido de manera insuficiente pero significativa. No era  ese el objetivo, pero, dado que la política se mueve siempre en el ámbito de lo posible, nadie puede negar el resultado.

¿Y por qué ocurrió así? Porque en esa ocasión, tras la tregua, ETA ya no consiguió ser la misma de antes y porque el sistema encargado de la seguridad de los ciudadanos no se dejó deslumbrar por el señuelo del armisticio ni cejó en la búsqueda de información, que luego pudo emplear con evidente eficacia. Es decir, se obró con inteligencia. Se pararon los atentados durante un periodo –sí, el que quiso ETA–, pero se aprovechó para actuar contra la organización cuando se arrepintió del paso dado.

Hay datos: En la década de los 80 ETA asesinó a 401 personas, en la de los 90 a 163, en la primera del siglo XXI a 58.  Desde la tregua anunciada en septiembre de 1998, y rota  en enero de 2000, hasta el cambio de Gobierno de 2004, ETA mató a 46 ciudadanos (veintitrés en el mismo año en que reventó su propio armisticio). Desde aquellas elecciones hasta hoy, con la fase preliminar de contactos subterráneos y la posterior mesa de negociación tras la tregua proclamada en marzo de 2006 y rota en diciembre de ese mismo año, mató a 12 personas (cuatro en los doce meses siguientes a la ruptura).

Tienen razón quienes reniegan de esta objetivación de las víctimas, porque cada  muerto es uno solo y no puede sumarse a ningún otro. Las tragedias personales son exclusivas de quien las padece y de quienes directamente las comparten. Sin embargo, para entender lo ocurrido, a veces necesitamos hacerlo a través de este proceso de argumentos aberrantes. La sociedad los utiliza cada vez que se siente solidaria con el dolor  de los vecinos. Es una contradicción inevitable.

Por eso creo que la tregua puede ser útil, que la respuesta puede hacer de esa propuesta (no importa si desesperada, terminal o simplemente interesada) puede transformarla en algo conveniente, e incluso que el señuelo de una negociación aparente tal vez aporte resultados favorables; por eso estamos obligados a ser inteligentes.

Sin embargo, doy por supuesto que, una vez más, en este tema, el ruido unánime ahogará la palabray que el griterío apelará a los sentimientos. Es decir, que quienes ejercen mayor influencia social rehusarán significarse antes de tiempo para no cargar con el peor de los fantasmas: la ruptura del consenso a machamartillo que abocaría de nuevo a las trincheras de la descalificación y el enfrentamiento, porque aquí, más que en ningún otro campo, resulta abominable pensar diferente. Y por eso, desgraciadamente, el argumentario aspira el enardecimiento: apelar a la fe, acallar las razones.

Es hora de actuar con inteligencia. Y por ello, de hablar.

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