Mis primeros pasos profesionales en el periodismo estuvieron relacionados con la información y la crónica de sucesos. De aquella época guardo una profunda afición por la novela negra y un respeto imponente a dicha tarea, a través de la cual era posible escrutar la realidad de la sociedad mediante el análisis de sus aparentes deformidades o anomalías (que no siempre son tales, sino manifestaciones de su propia naturaleza).

Sin embargo, la transformación de la información en espectáculo ha convertido al ejercicio periodístico, y en particular al relacionado con los sucesos, en una aparente deformidad o anomalía de la sociedad y de los medios de comunicación (aunque no siempre sea tal, sino una expresión de su propia idiosincrasia).

No soy muy dado al espectáculo de vísceras y voyeurismo que practican buena parte de los medios, en especial los audiovisuales. Y debo estar en un error, porque, sin observarlo y analizarlo, no hay quien entienda el mundo en que vivimos en su más íntima y exagerada radicalidad.

El último caso: la declaración de la esposa del presunto asesino de la niña Mari Luz Cortés a un programa de televisión reconociendo la culpabilidad de su esposo en el asesinato de la criatura. Una afirmación que había negado en el juicio unas pocas horas antes, aunque resultara prácticamente irrelevante desde el punto de vista acusatorio a tenor de las pruebas acumuladas durante la instrucción y la vista oral.

Lo verdaderamente sorprendente radica en la trastienda de este periodismo novísimo: en vivo y en directo, tras una entrevista denigratoria, con mutis y mareos, gritos, lágrimas y susurros, en medio de un asedio inmisericorde de cámaras y micrófonos, con viaje organizado a la comisaría (una vez concluida la representación televisada) para prestar declaración ante la autoridad competente; allí se ratificaron en la verdad retransmitida la mujer, la reportera, el interrogador y, a poco, el consejero delegado de la cadena.

Que la mujer arrepentida fuera conducida a prisión pertenece a la lógica judicial, de la que aquí no se trata. Por el contrario, el escarnio alcanza su momento sublime cuando otros medios que aspiraban a la misma exclusiva se enzarzan en acusaciones mutuas. A todos ellos les importaba mucho más la exclusiva que la verdad. Estuvieron dispuestos a apelar, y lo ejercieron, a procedimientos denigratorios. Y en todos los casos desearon que la declaración definitiva se produjera ante sus propias cámaras. Hubieran pagado por ello, aun a costa de haber contribuido a ocultar la verdad ante la justicia.

¿O pagaron? ¿O trataron de ocultarla?

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