«Ocho apellidos vascos». Emilio Martínez-Lázaro, 2013 

Cualquiera diría que el cine español está de enhorabuena: cómo andará el patio, que basta con que una película haga buena recaudaciones varios fines de semana seguidos, incluidos los días de la llamada «fiesta del cine» –qué dolor, tener que tirar los precios porque el gobierno se niega a bajar un IVA a todas luces disparatado–, para que se lancen las campanas al vuelo, como si aquí no pasara nada. Y no es para tanto, la verdad.

De acuerdo en que es una buena noticia, aunque sólo sea por lo poco frecuente, pero habrá que ver qué película es esa y, sobre todo, adónde van a parar las tan aireadas recaudaciones. Porque, aparte de varias pequeñas productoras, en Ocho apellidos vascos ha intervenido decisivamente Telecinco Cinema, responsable de la intensísima campaña publicitaria que sin duda ha tenido bastante que ver con el éxito: aunque nos duela, hay mucha gente que hace lo que dicen en la tele, sobre todo en las más populacheras. El socorrido boca a oreja y la necesidad de reír que tenemos todos habrán hecho el resto.

Pero conviene recordar que Telecinco ha intervenido en cumplimiento de una ley que obliga, menos mal, a las televisiones a invertir en cine una mínima parte de su volumen de negocio. Y habría que saber cuánto de los pingües beneficios obtenidos con esa masiva operación mediática revierte en la industria del cine, que ese ha sido tradicionalmente uno de los grandes problemas de la citada «industria», por llamarla de alguna manera altisonante: cuando algún productor saca partido a una película –a veces suena la flauta, y no siempre por casualidad–, lo más frecuente es que se lleve las ganancias a otra parte, invierta en asuntos más rentables y vuelva a pedir ayudas. Una de las maldiciones de nuestro cine, como de tantos otros sectores: hay que defender que reciban apoyo público para que no desaparezcan, por su dimensión cultural, aun sabiendo que muchos de sus empresarios –no todos, claro– son unos desvergonzados que no lo merecen. Quién sabe si Telecinco empleará lo que ha ganado en esta ocasión para pagar más a los presentadores de sus programas más impresentables o a los colaboradores e «invitados» que acuden a ellos a vomitar barbaridades.

Pero en fin, hablemos un poco de la película. Poco, en verdad, porque no da mucho de sí. Un guion facilón, de esos en los que todo es posible, con lo que no hay que obligarse a que nada resulte creíble; una sucesión de gracietas tópicas sobre rencillas pueblerinas, al viejo estilo de los Pajares y Esteso de las comedietas tardofranquistas y de los chistes tan injustamente adjudicados siempre a los habitantes de Lepe (Huelva), con alguna chispa de ingenio entre tanta morralla; una dirección rutinaria, porque al veterano Martínez-Lázaro, para quien al fin y al cabo todo ha sido un simple encargo, le sobra oficio, como ha demostrado en aventuras muy dispares, casi todas alejadas del rigor de sus comienzos (Las palabras de Max, 1978) o de algún intento reciente y poco logrado: Las trece rosas (2007); unos actores que cumplen su cometido en unos personajes de caricatura, y un final bochornosamente blandengue y sentimentalón –al compás, ¡horror!, de Los del Río– que contradice todo lo anterior, aunque tanto da a esas alturas.

La única explicación posible al exitazo de marras, más allá de las apuntadas, es que el sentido del humor en nuestra sociedad se ha degradado notablemente desde los tiempos de las comedias clásicas, inteligentes y bien construidas, por influencia de la penosa pero también rentable saga del fascistoide Torrente, de los citados programas de televisión y de las sucesivas oleadas de películas estadounidenses de jovencitos descerebrados. Que el mal no es sólo de aquí: ahí están la francesa Bienvenidos al norte (Dani Boon, 2008) y la italiana Bienvenidos al sur (Luca Miniero, 2010), que han sido algo más que una fuente de inspiración para Ocho apellidos vascos.

Si algo bueno tiene ésta, es que ha conseguido disgustar a los fundamentalismos de un extremo y los del otro. A la derechona le sienta mal cualquier asunto relacionado con el terrorismo, como si no usara constantemente a las víctimas para fines espurios. Y a los del Rh «bueno», porque con las cosas de la identidad no se juega, faltaría más… En fin, algo tendrá el agua cuando la maldicen.

 

FICHA TÉCNICA

Dirección: Emilio Martínez-Lázaro. Guion: Borja Cobeaga y Diego San José. Fotografía: Kalo Berridi, en color. Montaje: Ángel Hernández Zoido. Música: Fernando Velázquez. Intérpretes: Clara Lago (Amaia), Dani Rovira (Rafa), Carmen Machi (Merche), Karra Elejalde (Koldo), Alberto López, Aitor Mazo,  Lander Otaola, Alfonso Sánchez. Producción: Telecinco Cinema, Lazona Films, Kowalsky Films (España, 2013). Duración: 98 minutos.

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