El presidente del Consejo Superior de Deportes –esto es, el máximo dirigente político del deporte español tras (se supone) el ministro del ramo y las ramas– se larga un artículo absolutamente imprevisto: Orgullosos del Barça.

¿Qué pasa aquí? Cuando al mes que un club se le acumulan problemas con la justicia, con Hacienda, con la Unión Europea e incluso con otros asuntos estrictamente deportivos, el jerifalte suelta un panegírico inédito.

¿Por qué?

Ya se sabe que las autoridades, todas, se niegan a conducir el deporte a su estricto ámbito: el aficionado, el que contribuye a la educación en los valores del esfuerzo, el sentido colectivo, la superación personal y, de manera muy especial, la diversión y el disfrute; el que forma a niños y el que contribuye a la salud de quienes lo practican, el de las escuelas infantiles y las rutas del colesterol, el que se práctica con una competitividad moderada y enseña, ganando y/o perdiendo, a respetar al contrario, a reconocer sus méritos y a superar los resultados propios.

Las autoridades, todas, se suben a los palcos y presiden las supuestos eventos deportivos, porque la mayor parte de la sociedad ha decidido considerar deporte a su antítesis: el espectáculo-negocio-circo basado en unas prácticas inicialmente deportivas, que exacerba bajas pasiones y muchos intereses incalificables, perjudica la salud y genera problemas físicos de medio plazo a sus practicantes, alienta la proliferación de dirigentes corruptos, se instrumentaliza para esconder los problemas o derivar la indignación o las expectativas sociales hacia territorios ajenos a los generadores de problemas, oculta el conflicto que genera la desigualdad y alienta el de las aficiones interclasistas, excluyendo cualquier posibilidad de raciocinio…

Aún más. O peor. Las autoridades, muchas, si no todas, aportan dadivosos dineros públicos a ese espectáculo-negocio-circo, a esa exacerbación de pasiones e intereses, a esos dirigentes corruptos, a esa instrumentalización y, en definitiva, a esa concepción repugnante del deporte. Y las aficiones no lo agradecen. pero, llegado el caso, lo exigen.

Aun así, pese a todo, ¿por qué el panegírico probarcelonista del mandamás del deporte patrio?

¿Por forofismo?, ¿para hacer un guiño al barcelonismo/catalanista?, ¿por encargo?, ¿porque hay clubes –uno, dos, muchos– peores?, ¿porque, si no se ataja este caso, llegarán otros aún más gordos, y él bien lo sabe?

– Me parece mucho más importante la respuesta a estas cuestiones que el artículo que las suscita.

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