¿Qué decepciona más: el discurso de un político o los comentarios en torno a él?

Termina el discurso de investidura de Pedro Sánchez e inmediatamente después (aunque muchas veces parezca que desde antes) se producen las reacciones del resto de los partidos. La intervención del candidato pudo resultar fría –un poco menos en el tramo final–, tan abundante en medidas como escasa en referencias globales estimulantes, orientada a cubrir u56d5d54b761ab.r_1456854396654.0-27-800-439n vacío antes que a generar un modelo de política y de país, explícita en cuanto a los defectos anteriores y vaga en las propuestas de mayor calado, con demasiadas afirmaciones sentidocomunistas (basadas en el inaprensible “sentido común”), sólo irrefutables para quienes se dejan seducir por el aturdimiento. Una defensa del acuerdo y el consenso; un reto: “esto lo podemos poner en marcha la próxima semana”; una única verdad inequívoca: la cuenta atrás hacia las nuevas elecciones se ha puesto en marcha, aunque aún cabe alguna posibilidad de interrumpirla.

El discurso de Pedro Sánchez ha marcado diferencias respecto a lo que fue la pasada legislatura, la del gobierno de Rajoy. Y en ello radica la mayor fortaleza de su argumentario: “la peor de las medidas acordadas con Ciudadanos es mejor que mantener al señor Rajoy en el gobierno”. Quizás demasiado poco, porque ante Podemos el PSOE no se implicó con 56d5e1426c865idéntico afán al ofrecido a Ciudadanos, exactamente igual que Podemos no se ofreció al PSOE con la misma prontitud y disponibilidad que el partido naranja. Sea por lo que fuere, incluidas las graves reticencias de los dirigentes socialistas, el pacto más propicio a un cambio inequívoco se quedó colgado de los prejuicios o las pugnas electoralistas.

Todo eso arrastra, con méritos y deméritos, Pedro Sánchez. Pero, sobre todo en este momento, con tantas cuestiones acuciantes, su discurso no se descalifica con un cliché apresurado, una consigna premeditada o un canutazo descalificador.

¿Por qué no le interesa la propuesta a los distintos grupos o a cada uno de los parlamentarios? ¿Cómo podrían hacerla mejor? ¿Qué proyecto podría ser asumido por una mayoría acorde con la pluralidad de la sociedad española? ¿Cabe fijar objetivos temporales para dar respuesta a cuestiones inmediatas: resolver, por ejemplo, cuestiones funcionales decisivas (las que planteó en su momento Antón Costas) para ceder el testigo a las urnas, en pos de una transformación ajustada, de verdad, a la evolución de esta sociedad tan urgida a caminar a otro ritmo y otro compás?

Es hora de debatir y, por ello, de descalificar al que solo descalifica. A golpe de tuit el humo acabará ocultando el camino. Y todos, perdidos.

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