Los medios de una sociedad enredada

Las redes sociales han transformado la comunicación entre las personas en general, pero también entre las instituciones y los ciudadanos, entre quienes tienen poder y quienes carecen de él, entre quienes las adoran y quienes las aborrecen. Y sin embargo, la sociedad en general ya no volverá a ser como fue sin ellas.

Las redes no son en sí mismas un “medio de comunicación” en la acepción tradicional del término y, por ello, su regulación, si eso es posible y conveniente, requiere un planteamiento inédito.

La decisión de los máximos responsables de Twiter y Facebock, entre otros, de suspender las cuentas del presidente en ejercicio de Estados Unidos plantea un debate necesario. Muchos teóricos aducen que está en juego el derecho a la libertad de expresión, y poco habría que objetar si ese derecho fueron algo real, algo que disfrutan todas las personas y en igualdad de condiciones más allá de las circunstancias.

En cualquier caso, aunque se trate de medios diferentes, convendría analizar la función real de los tradicionales en esta sociedad enredada –con sus virtudes, sus fallos e incluso sus fraudes–, para comprender mejor la complejidad de la comunicación y del derecho a la información y a la libertad de expresión. Y ya existen numerosos y valiosos trabajos para un debate profundo y, cabe temer, inútil.

En ese contexto tiene interés la reflexión de Manuel Cruz, filósofo y expresidente del Senado, en su tribuna titulada Cuidado con la democracia sin opinión pública, al hilo de unos hechos que están obligando a la sociedad española a replantearse asuntos teóricos, pero también muy concretos.

Estos son algunos párrafos del artículo:

“En este país tuvo lugar un acuerdo, del que la ciudadanía ha ido teniendo noticia con el paso del tiempo, en el que participaron las más importantes empresas de medios de comunicación, por el que se cubrían con un espeso manto de silencio las actividades privadas del actual rey emérito. Las consecuencias de dicho acuerdo son de sobra conocidas y las estamos pagando, con el actual jefe del Estado, en tanto que representante de la Corona, como principal damnificado.

“Pero ya no estamos ahí. (…). En nuestros días una información comprometedora aparecería sin duda publicada en algún sitio: las redes sociales y los diarios digitales han vuelto a reconfigurar por completo el panorama. Cualquier cosa —incluso documentos clasificados— encuentra dónde ver la luz.

“Se equivocaría quien interpretara que ello significa que los poderosos hayan fracasado en su intento de intervenir en la opinión pública. (…) Tal vez no se trate de que el poder haya renunciado a controlar y dirigir la opinión pública, sino de que ha llegado al convencimiento de que lo que de verdad le va bien es que no haya opinión pública en cuanto tal, y que todo ese universo mental, antaño dotado de algún tipo de cohesión interna, estalle en pedazos y los diversos sectores de la ciudadanía busquen refugio en el ámbito de sus iguales, sin pretensión alguna de alcanzar ninguna forma de hegemonía sobre el conjunto. Es en esa línea —y no en la de un debate epistemológico, absolutamente fuera de lugar a propósito de esto— en la que deberían interpretarse las simpatías de los sectores conservadores hacia los discursos implícita o explícitamente relativistas, así como hacia sus categorías centrales (posverdad, relato y similares).

“Estamos hablando de tendencias, claro está. Los medios de comunicación clásicos conservan una enorme capacidad para influir en una opinión pública que, aunque en franca retirada, todavía sobrevive, cosa que explica la actitud de tantos poderes fácticos respecto a tales medios. Igual que conservan una poderosa capacidad de intimidación, que algunos de ellos utilizan con tanta desenvoltura como falta de escrúpulos. Pero estas persistencias, acaso residuales, no deberían distraernos de lo que realmente importa, porque es donde se juega la posibilidad de que no salgamos derrotados por enésima vez como sociedad. Los profesionales de la comunicación vienen obligados a preguntarse qué han hecho mal para perder la auctoritas sobre la transmisión de la verdad que antes detentaban sin mayores problemas.

“La respuesta solo puede venir de dentro de la profesión. Habría que equilibrar las innumerables y justas loas que se le han hecho al periodismo libre e independiente como garantía de una sociedad democrática con un libro negro en el que los propios profesionales llevaran a cabo la autocrítica pública pendiente. Mi sugerencia —para que se entienda la diferencia entre lo que planteo y lo que algunos ya han llevado a cabo— es que lo escriba un periodista que haya desempeñado tareas de responsabilidad en un gabinete de comunicación del más alto nivel, gestionando la relación de alguien extremadamente poderoso (en lo político o en lo económico) con los medios. Seguro que podría contar y rendir cuenta de elementos del mayor interés informativo para todos”.

 

 

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