El que parecía llamado a ser presidente de la Cámara de Representantes de Estados Unidos echó por la borda su candidatura. Llevaba meses empeñado en el ataque a la seguridad del Estado de la anterior Secretaria de Estado, Hillary Clinton,  por haber utilizado un servidor privado para el correo electrónico durante los años en que ocupó el cargo. Al cabo de su implacable martilleo sin pruebas de lo que afirmaba, Kevin McCarthy reconoció que la seguridad del Estado no era lo importante, sino erosionar la imagen de la posible candidata demócrata a la Presidencia norteamericana.

El hecho le sirve a Paul Krugman para esbozar, una vez más, el empecinamiento  del Partido Republicano en defensa de sus políticas económicas mediante prejuicios que la historia y la economía han demostrado falaces: por ejemplo, los efectos perversos de la deuda pública o del incremento de los impuestos a los más ricos. .

Por ello, concluye:

“Nada de esto debería cogerle de nuevas a cualquiera que preste algo de atención, aunque sea moderada, a la política y los asuntos políticos. Pero no estoy seguro de que la gente corriente, que tiene un trabajo y una familia que mantener, esté recibiendo el mensaje. Después de todo, ¿quién se lo va a transmitir?

“A veces tengo la impresión de que a muchos profesionales de los medios de comunicación les parece una zafiedad reconocer, incluso ante sí mismos, la fraudulencia de muchas posturas políticas. Por lo visto, lo que se espera de uno es que finja que de verdad estamos debatiendo acerca de la seguridad nacional o la economía, aunque sea evidente y fácil de demostrar que, en realidad, no sucede nada de eso.

“Pero el hacer la vista gorda ante la falsedad política y pretender que estamos teniendo un debate serio cuando no es así es en sí mismo una especie de fraude. McCarthy, sin querer, le ha hecho al país un gran favor con su desacertada sinceridad, pero contarles a los ciudadanos lo que de verdad sucede no debería depender de políticos a los que se les suelta la lengua”.

(Los subrayados son del autor de esta reseña)

La reflexión puede resultar pertinente para el debate de otros asuntos relevantes de la política económica en Estados Unidos, en Europa o en España… Y también cuando se habla de otras cuestiones en nuestro ámbito. Por ejemplo, algunas cuestiones relacionadas con el proceso por la independencia en Cataluña: por que enmarañarse en razones históricas o culturales, en derechos colectivos, en el concepto de nación o en compromiso de solidaridad, cuando sabemos que se trata de otra cosa: de cómo sacar partido, mediante el engaño y la manipulación, en favor de los intereses de los grupos antagónicos que representan unos pocos.

Una cosa sería el debate ciudadano que se ha trasladado a la sociedad catalana (y que esta puede haber asumido) y otra, muy distinta, aceptar el que se mantiene en el ámbito estrictamente político. Si los medios de comunicación fueran capaces de no participar en el juego que inventan y gobiernan unos pocos dirigentes, otro gallo cantaría. Los medios no son inocentes. Su participación en el debate incluso más allá del tono o la intención, es un fraude.

Pero esa misma exigencia a los medios de comunicación se podría extender a otros muchos asuntos en los que nos enzarzamos inútilmente por iniciativa de quienes sí se juegan sus cuartos en detrimento de los comunes (o generales).

Leyendo la prensa, escuchando la radio, viendo la televisión, navegando por la red en torno a los grandes debates públicos dan muchas ganas de repetir la genialidad de don Latino dirigida a Max Estrella:

– ¡Querido Max, no te pongas estupendo!

 

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