Pinganillos

El pinganillo se ha convertido así en los últimos días en objeto del debate ciudadano (o lo que sea el debate en que solemos enzarzarnos por cuenta de otros). Y lo ha sido por una cuestión digna de consideración, siquiera desde un punto de vista cultural –mucho más interesante que el meramente partidista o nacionalista–: el uso de las distintas lenguas en el Senado. A propósito de esta cuestión me pregunti si, cuando varias personas pueden entenderse en un único idioma, hacen falta traductores, aunque sea para mejorar matices que de otro modo quedarían ocultos; o si la mera explicitación de la riqueza lingüística de una comunidad debe ser expresada como símbolo de su complejidad o de su cultura, o si se puede reducir el debate a una cuestión escuetamente e Dice la Real Academia de la Lengua que pinganillo es un término usado en el noroeste español que equivale a carámbano o trozo de hielo. Sin embargo, los españoles –o mejor, los medios que deciden lo que a los españoles debe interesarnos y acerca de lo que debemos hablar– llevamos algún tiempo enzarzados en debatir sobre pinganillos de muy distinta índole con un furor impropio del frío al que se asocia el témpano.

Me acostumbré a hablar de pinganillos cuando empecé a trabajar en televisión. En el periódico no existía y en la radio se usaban cascos, pero allí el término era de uso común y no se interpretaba como menosprecio o grosería, aunque a veces se aprovechara el doble sentido; con él se aludía a un aditamento de uso común que los presentadores se insertaban en la oreja y a través del que mantenían el contacto necesario durante la grabación o la emisión de un programa con el realizador y el director. El resto del equipo también necesitado de comunicación con los máximos responsables usaba cascos, un escalón por debajo en el nivel de sofisticación o de miniaturización del artilugio.

Los pinganillos conectados mediante cables corrientes o en espiral, más tarde, a la petaca que el regidor adosaba al cinturón o a los costillares de su portador fue evolucionando hace el inalámbrico, algo más inseguro pero invisible para el espectador, lo que favorecía la credibilidad del comunicador y su propia reputación: sin pinganillo la mayoría se habrían sentido absolutamente desprotegidos, de la misma manera que si hubieran tenido que vérselas sin prompter o autocue, el instrumento que les permite leer ante las cámaras, sin que el espectador lo advierta, lo que ellos mismos u otros han escrito.

Desde entonces, la evolución de la televisión ha conducido al uso del pinganillo para alimentar la bazofia de su programación. Lo utilizan muchos tertulianos de programas repugnantes, a los que se alienta a proferir barbaridades e insultos con el ánimo de alentar el espectáculo de la basura e incrementar audiencias; o simplemente para que sepan lo que deben decir. Para muchos de ellos se desaconseja absolutamente el uso del prompter, y no sólo por la dinámica propia de los programas, sino porque previamente tendrían que aprender a leer.

Quizás porque se supone que en la política sus principales actores sí saben leer, el autocue se anticipó al pinganillo. Lo usaban en sus discursos los presidentes norteamericanos, pero ya lo utiliza cualquier mindundi gracias a los ordenadores portátiles o las tabletas que enmascaran las actuales comparecencias públicas. En los últimos años, ya sea por la imparable evolución de la tecnología o por la adaptación de la política a la banalización y el despelote que en nuestra sociedad la televisión ejemplifica, el pinganillo también se ha convertido en artilugio, si no común, propio de las costumbres de los padres (o madres) de la patria.

El pinganillo se ha convertido así en los últimos días en objeto del debate ciudadano (o lo que sea el debate en que solemos enzarzarnos por cuenta de otros). Y lo ha sido por una cuestión digna de consideración, siquiera desde un punto de vista cultural –mucho más interesante que el meramente partidista o nacionalista–: el uso de las distintas lenguas en el Senado. A propósito de esta cuestión me pregunto si, cuando varias personas pueden entenderse en un único idioma, hacen falta traductores, aunque sea para mejorar matices que de otro modo quedarían ocultos; o si la mera explicitación de la riqueza lingüística de una comunidad debe ser expresada como símbolo de su complejidad o de su cultura, o si se puede reducir el debate a una cuestión escuetamente económica o de respeto al otro.

Sin embargo, el tema que he iniciado no pretendía adentrarse en tales profundidades, sino plantear tan solo si el pinganillo es el signo definitivo de la banalización de la acción pública, del encono verbal en detrimento de la reflexión que identificaba a los homini sapientes, o de la política como actividad ejercida y representada por marionetas, muñecos que trasladan el discurso, la expresión y el movimiento que otros deciden: los que, ocultos a los ciudadanos-espectadores, se hacen oír a través del pinganillo.

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